Roguemos al Señor - últimas reflexiones

Aldila - Oficial

martes, 31 de marzo de 2009

Reflexión: Jn 8,21-30


Por algún motivo que desconozco absolutamente, anoche soñé que estaba condenado a muerte. Iba a ser decapitado. Recuerdo que sentía que era injusto, que me parecía una pena desproporcionada, pero que no había nada que pudiera hacer. La sentencia había sido dictada y junto con otros dos hombres, cuyos rostros y nombres no recuerdo, pero con los que me unía cierta familiaridad, debía ser ejecutado. Recuerdo que por algún motivo, obnubilados por la angustia y la desesperación, ante el hecho inminente, finalmente decidí que sería el primero…Por alguien tenían que empezar y no corría ningún apuro, con tal que la sentencia se cumpliera antes de la puesta de sol. Luego de tal decisión y pasados los segundos de paz que me trajo, nuevamente entré en desesperación, ante el fin inminente. No podía creer que estuviera enfrentando el fin de mi vida. Eso era todo, allí terminaría. Luego, la oscuridad total o tal vez el dolor eterno de la muerte, de mi propia muerte…¿Quién sabía? ¿Quién podía decírmelo? ¿A quién podía creerle? Buscaba desesperadamente a alguien que me dijera, que me asegurara que todo pasaría en un instante y que luego todo sería paz, mientras esperaba probablemente el Juicio Final. Sin embargo vino a mi mente la escena en la que mi cabeza se desprendía de mi cuerpo. Sería tal vez algo como la sacada de una muela pero sin anestesia…algo muchísimo más intenso y doloroso que aquello…¿Cuánto duraría? Y mientras tanto toda la sangre se agolparía en mi cuello y empezaría a derramarse a borbotones. Tal vez trataría de respirar, de inhalar oxígeno, mientras sentía que era imposible, que no había ningún esfuerzo que pudiera hacer que me brindara el poco de aliento necesario para seguir viviendo y sentía la desesperación de ahogarme, de asfixiarme. ¿Cuánto duraría? ¿Cuánto tiempo permanecería consciente de todo aquello? ¿Y después, qué? ¿Le avisaría a mi esposa o tal vez era mejor que no lo supiera hasta después, cuando nada era ya posible? ¿Lo sabía? No se por qué tenía la sensación que todos lo sabían, pero lo aceptaban con indiferencia, como algo que tenía que ocurrir de todas maneras y no había modo de impedirlo, ni tenía sentido si quiera el tratar de evitarlo. Así era.

El Señor es el único que puede traernos consuelo. Él ha vencido a la muerte y para probarnos que Él ha venido a darnos vida eterna, se enfrentará a un destino similar al que soñé anoche, pero al tercer día resucitará. Lo hará en cumplimiento de la Misión que el Padre le ha encomendado. Por Él, en su infinita sabiduría nos conoce y sabe que será necesario llegar a ese extremo para salvarnos, porque no habrá otro modo que comprendamos y decidamos seguirlo libremente. Tendrá que morir en la cruz para salvarnos. Solo así se dará cumplimiento a las escrituras; solo así creeremos.



Oremos:

Señor, dame la fe suficiente y necesaria para creer en Ti y seguirte hasta la muerte, sabiendo que quien pierde la vida por Ti la ganará, en cambio quien la cuida y no es capaz de sacrificarla, la perderá. Por que hasta ese extremo nos amaste y nos enseñaste a amar.

Haznos un instrumento de tu Fe. Que seas Tú quien viva en nosotros.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

lunes, 30 de marzo de 2009

Reflexión: Jn 8,1-11


Qué rápidos somos para juzgar y condenar a todos, sin embargo, cuando se trata de nosotros mismos, pedimos clemencia y comprensión. Así nos lo hace notar hoy Jesús. Finalmente nadie se atrevió a apedrear a la adúltera, pues todos vieron en su interior y se encontraron que no eran dignos de juzgar e impartir tamaña pena.

¡Qué proclives somos a juzgar y condenar a nuestros hermanos! No les queremos pasar una…no se la perdonamos. Debemos aprender a actuar con un poco más de tino. Ser más lentos a la cólera y más compasivos. No podemos pretender ser más papistas que el Papa. Aprendamos de Jesús…Si nosotros merecemos una segunda oportunidad, si el Señor nos la da una y otra vez…¿Por qué nosotros no somos capaces de perdonar? Además…¿Quién somos nosotros para condenar y encima ejecutar a alguien?

Seamos severos y exigentes con nosotros mismos y estemos dispuestos siempre a perdonar a nuestros hermanos, orando por ellos y sabiendo que si Dios quiere habrá siempre esperanza en sus vidas y podrán cambiar. Mientras haya vida, siempre habrá la posibilidad. Nosotros no somos nadie para negárselas.

Oremos:

Señor, haznos más prestos a perdonar que a juzgar y condenar. Que no olvidemos que con la misma vara que medimos, seremos medidos.

Gracias por tu perdón y compasión. Gracias por darnos una nueva oportunidad. Amén.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

domingo, 29 de marzo de 2009

Reflexión: Jn 12,20-33


Como muy pocas veces en los evangelios, encontramos a un Jesús cuya situación emocional me conmueve. No se describirla. No es preocupación lo que tiene. Es quizás algo de ansiedad por la hora que sabe llega. Él mismo lo dice: “Ahora mi alma está turbada”. Aquí nos revela su naturaleza profundamente humana. Pero acto seguido nos muestra la fortaleza, el valor y la firmeza de quien desde siempre supo cual era su misión, y no la abandona, ni la abandonará hasta el fin. “Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre”.

Para dar frutos debemos ser capaces de llegar hasta el extremo. Sólo se da frutos muriendo. Debemos amar tanto, vivir tan intensamente, afrontar tan decididamente nuestra misión, que en su cumplimiento se nos vaya la vida. No debe haber ningún obstáculo que nos lo impida, que nos amilane, pues aun la muerte misma podrá hacernos nada, si estamos decididos. Además, el que muere empeñado en su misión, el que da su vida por ella, ese dará mucho fruto.

Tenemos que desinstalarnos, dejar la comodidad, dejar la autosatisfacción personal…la búsqueda constante de gratificación, de premio, de descanso, de comprensión, de misericordia, de compasión…Enfrentemos con valentía y decisión nuestra vida…¡Hagámonos cargo de las riendas y conduzcámosla por el camino que se nos ha señalado, sin temor, confiados en Jesús, que el sabrá darnos el coraje y fortaleza en los momentos difíciles, porque Él ha vencido al mundo y esa es nuestra mejor y mayor garantía que finalmente habremos de llegar a aquello que terminará por dar sentido a nuestra vida: los frutos.

Estamos llamados a dar mucho fruto. ¡No nos corramos de ello! Enfrentemos cada situación que nos toca, con la frente en alto y con el valor que proviene de Dios. ¡Al llegar el puente, lo cruzaremos!


Oremos:

Señor, danos el valor y decisión que hoy nos muestras, para seguirte por encima de todo, siempre fieles, leales y enérgicos. Sabiendo que la misión que Tú nos has deparado es muy alta, está por encima de todo y la lograremos si con sencillez y coraje alcanzamos guiar a alguno de los hermanos que nos has puesto en el camino. ¡Que no flaqueemos, Señor! ¡Fortalece nuestro espíritu! ¡Que no nos contentemos, que no nos demos por vencido, que perseveremos!


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

sábado, 28 de marzo de 2009

Reflexión: Jn 7,40-53


Como dice aquél refrán, “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. La duda ya se había apoderado de sacerdotes y fariseos. Así tenía que ser, para que se cumplieran las escrituras. Se acerca el día en que habrán de crucificarle.

Los evangelios se han encargado ya de aclararnos que Jesús procede de David, porque el mismo lo ha dicho a cuantos han querido escucharle, y no ha dicho nada distinto a lo que ya estaba anunciado en el Antiguo Testamento. Pero ni sacerdotes, ni fariseos se han dejado conmover. Es que este Cristo es incómodo. Llega a través de los pobres y humildes y no a través de ellos que representan la autoridad, el poder. Ellos que constituyen la “aristocracia” dentro de su sociedad, que son los que gozan de prestigio, de una buena posición económica.

¿Por qué este Jesús no viene con su trono y corona por donde según sacerdotes y fariseos corresponde? ¿Por qué no ha ido a buscar y convencer a ellos primero? Eso es lo que les molesta…¿Cómo puede venir de esta “chusma” el salvador?

Y es que el que mucho tiene, el instalado, defiende las estructuras, el estatus quo, porque le conviene que las cosas permanezcan así, porque de este modo mantiene sus privilegios. Es el egoísmo y la comodidad del que más tiene, del que se aferra a lo que tiene como lo más importante, como algo sin lo cual no podría vivir…Está ahí el origen de su ceguera. Finalmente, si seguimos escarbando, llegamos a la soberbia, al orgullo…El querer ser como Dios, y estar por sobre todo, sobre el dolor, la pobreza, la injusticia, el hambre y cuanta necesidad agobia a nuestros hermanos. El estar por encima de todo e indiferente a todos. Ese es el gran pecado del que todo lo tiene: la idolatría. Vale más todo lo que tiene que su vida misma…o al menos eso es lo que cree, por ello no está dispuesto a ceder un centímetro. Por eso este Dios, este “miserable” no puede ser su Dios, el Mesías, el Salvador. Un zarrapastroso de Galilea no puede ser el Salvador.

Sus corazones ya estaban cerrados completamente. Vino la luz, pero no quisieron verla, prefirieron caminar en la sombra. Eso es todo. Así de simple.


Oremos:

Señor, no permitas que nos ciegue el poder, la vanidad, la riqueza, la comodidad. Que no prefiramos las sombras a tu luz. Que entendamos que es a través de nuestros hermanos que llegaremos a ti y que por tanto no podemos descansar mientras haya hambre, miseria e injusticia. Amén.

Que no reclamemos privilegios para nosotros, sino que seamos humildes siervos tuyos siempre, donde nos toque servirte.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

viernes, 27 de marzo de 2009

Reflexión: Jn 7,1-2.10.14.25-30


Se acerca la hora y el día. Jesús lo sabe. Sin embargo, mientras no llegue, pasará de incognito y seguirá predicando en el templo, para aquellos que quieren oírle y sin temor de hacer las aclaraciones necesarias a los cobardes que no se atreven a atraparle.

Creo encontrar aquí una lección de astucia destinada a seguir cumpliendo con su misión hasta que llegue el final. Quiere decir que debemos emplear los medios a nuestros alcancen para liberarnos del enemigo, de nuestro opresor, de nuestro perseguidor, con tal de seguir con aquello que se nos ha encomendado, sin dejar de proclamar la verdad, La Palabra del Señor, que para eso hemos sido enviados.

Siempre habrá forma de llegar a nuestros hermanos. Nuestros esfuerzos deben estar dirigidos a encontrarlos, mientras estemos a tiempo. Y, mientras hay vida hay esperanza, así que mientras tengamos un halito de vida, estaremos a tiempo. Nunca es tarde. Empecemos ahora.


Oremos:

Querido Señor, permítenos ser fieles hasta el fin. Que aun en el lecho de muerte busquemos cómo podemos servirte. Que no desmayemos en nuestra misión, como Tú, para ejemplo de nuestros hermanos.

Tú nos has mandado a ser luz, a iluminar el camino. Que así sea mientras tengamos vida, Amén.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

jueves, 26 de marzo de 2009

Reflexión: Jn 5,31-47


En todo este pasaje me parece que sobre lo que el Señor nos llama a reflexionar es sobre un elemento más que debemos tener en cuenta para creerle, ya que no nos bastan sus palabras, ni sus milagros. Toda la historia del Antiguo Testamento da cuenta de Él, de Su Padre, Dios, de su venida y su misión. Por ello dice que quien nos acusará delante del Padre será Moisés.

Jesús y el Nuevo testamento hacen alusiones a cada instante a las escrituras, con la intención de hacernos notar algo que es sumamente importante y que quizás por la distancia de estos hechos, pasamos de modo desapercibido y rápido. Casi ni lo tomamos en cuenta. No dejan de asombrarnos los milagros que hace aquí y allá, pero no caemos en cuenta de quién está tras ellos.

Jesús, su vida y su obra, la redención del mundo, está inscrito en la historia sagrada. Es de Él de quien hablan los profetas muchísimos siglos antes. Este “pequeño detalle”, que en las lecturas de estas fechas de uno u otro modo se viene resaltando es el que pasa desapercibido para nosotros. Y, es, podríamos decir, el milagro que precede a todos los milagros de los que se da cuenta en el Nuevo Testamento. Jesús no aparece de pronto en la historia, sino que es anunciado con mucha anticipación. María es la esposa de José, cuya genealogía llega hasta David, lo que no es casual. Tenía que ser así, para que se cumplan las escrituras…


Oremos:

Permítenos manifestar nuestra fe con nuestra vida, con nuestro proceder, con nuestras actitudes, con nuestros actos. Transfórmanos para que seamos tus verdaderos testigos, para que con nuestra vida demos testimonio de Ti.

Aparta de nosotros la soberbia, que es el principal enemigo, el principal obstáculo para encontrarte en nuestras vidas.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

miércoles, 25 de marzo de 2009

Reflexión: Lc 1,26-38


Hermoso pasaje del evangelio en el que se nos narra cómo fue concebido Jesús, nuestro Salvador. La sencillez, transparencia, pureza y humildad de María son realmente conmovedoras. Sin embargo, lo más importante es el Sí de María. Un Sí que la habrá de acompañar por el resto de su vida y del que jamás renegará. Un Sí que, a su corta edad, venía anticipado por una vida llena de Gracia y que se mantendría así para siempre. Un Sí que demuestra una fe inquebrantable, en la que no hay dudas, ni retroceso alguno posible.

“He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Son palabras ejemplares que ojala pudiéramos recitar cada mañana renovando nuestro compromiso con Jesús. Es el mejor ejemplo del abandono total y pleno, de la entrega sin reparos a lo que Dios pueda disponer. Toma nuestra Vida entera, a Ti te la damos…haz de ella lo que sea Tú Voluntad. Haznos un instrumento de tu fe, diría San Francisco.

Que seas Tú y no yo quien viva en mi. No puede haber mayor acto de fe. Ahora se trata de transformar en hechos estas palabras, que pueden ser muy poéticas, pero huecas, si no se llevan a la práctica.


Oremos:

Señor, danos el valor, la decisión, el coraje y la perseverancia para entregarnos plenamente a Ti, sin rodeos, sin regateos, sin cortapisas. Haz que a ejemplo de María demos un Sí para siempre, que nos convierta en referente, en roca, en camino para nuestros hermanos. Que encuentren en nosotros consuelo y no lamentaciones, ni mucho menos dudas. Que seamos firmes y claros.

Que no por eso dejemos de ser humildes, sencillos. Porque tu verdad, La Verdad, ha sido revelada a los más humildes, a los pobres, a los niños, a los de corazón puro. Que nos hagamos merecedoras de ella y que la irradiemos al mundo.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

martes, 24 de marzo de 2009

Reflexión: Jn 5,1-3.5-16


¡Que tontos que somos! Cuántas veces actuamos así, reaccionamos así. Pensamos que el hombre ha sido creado para las normas, para las reglas y no al revés, es decir que las normas y reglas deben estar al servicio del hombre, por lo tanto no nos pueden esclavizar ni cegar. Para hacer el bien no existen reglas, ni normas, ni mejores días u horas. Debemos actuar correctamente siempre. Y no podemos ni debemos andar meditando o midiendo si será pertinente ahora, en este momento. La verdad, la bondad deben ser expuestas en el momento y el lugar en que nos percatamos de ellas, en el momento y lugar que se nos solicitan…Incluso, a ejemplo de Jesús, cuando no se nos ha pedido. Basta que nos demos cuenta que son necesarias y que está en nuestras manos el realizarlas, para que sea la mejor hora y el mejor lugar.

Muchas veces tras esta reaccionamos con mezquindad ante el bien realizado por otros, o porque no fuimos nosotros los autores o porque envidiamos al que lo hizo o simplemente porque no nos gusta que otros sean felices. Nos quedamos en lo meramente externo porque nos creemos indispensables o porque no podemos admitir que otros también puedan obrar el bien, pues nos creemos dueños de la verdad y jueces, que debemos decidir cuando está bien y cuando está mal. Y generalmente sólo está bien, cuando nosotros somos los protagonistas, cuando nosotros decidimos el momento y lugar, cuando estamos en control. No podemos permitir ni admitir que otro también pueda hacerlo, algo tendremos que encontrar para condenarle, aunque sólo sea la regla quebrantada.


Oremos:

Señor, haznos generosos y comprensivos. Aparta de nosotros toda mezquindad. Que nos alegre la alegría y felicidad ajenas. Que no condenemos al que hace el bien solo porque no lo hicimos nosotros…

Que no andemos buscando tres pies al gato cuando vemos que nos necesitan. Danos el valor y la decisión de intervenir en el acto.

Haznos fieles defensores de la verdad, del bien y de la vida y que procedamos siempre con coherencia cuando se trata de obrar el bien, poniendo en primer lugar el amor.

Que comprendamos que la vida sólo tiene sentido cuando está dedicada a los demás, a dar felicidad a los demás, a aliviar sus penas, sus dolores, sus problemas allí donde podemos. Haz el bien, sin mirar a quién.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

lunes, 23 de marzo de 2009

Reflexión: Jn 4,43-54


Jesús se deja conmover ante las súplicas de este funcionario real. Pero no hay duda que aquí, como antes, el Señor ve el interior de las personas. Así pudo ver la fe con la que este hombre le pedía este milagro. Estaba convencido que si Jesús quería, tenía el poder de sanar a su hijo. De allí su forma de pedir, que si leemos detenidamente pues hasta parece impertinente. A la reflexión que hace Jesús respecto a las señales, el responde insistiendo en su pedido, quizás diciendo: “no busco señales; sé que lo puedes hacer; por favor te pido que lo hagas…”

El Señor, fiel a sus promesas, responde. Al que toca se le abre, el que busca encuentra…El Señor sabe lo que necesitamos aún antes que lo pidamos, pero debemos tener fe para alcanzarlo.

Seamos insistente en pedir, pero mucho más aún en acrecentar nuestra fe. Pero esta es un don , una gracia que nos concede Dios…Entonces vivamos intensamente nuestro cristianismo, sirviendo a los demás, buscando la paz, amando y orando a Dios Padre, reconociéndonos como pecadores hijos suyos, necesitados de su perdón y agradecidos por la redención.


Oremos:

Señor, danos fe del tamaño de un grano de mostaza, para alcanzar la luz, para seguir por tus Caminos. Que no busque ser amado, como amar, ser comprendido como comprender. Que entienda que dando se recibe.

Ayúdame a llevar una vida honesta, limpia, transparente. Que todo el mundo pueda ver y hurgar en ella, sin nada que me avergüence. Dame la gracia del perdón. Perdóname todos mis pecados, límpiame y ponme en tu camino de luz.

Que brille tu luz en mí para guiar a mis hermanos. Que no sea jamás motivo de perdición.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

domingo, 22 de marzo de 2009

Reflexión: Jn 3,14-21

Jn 3,14-21

El Señor es exigente. Para andar tras Él, para seguirlo hay que ser capaz de caminar en la luz y a no ser que seamos inconscientes o sin vergüenzas, difícilmente seremos capaces de mostrarnos totalmente desnudos al mundo entero. Quizás habrá quienes lleguen a mostrar su cuerpo, pero ¿cuántos seríamos capaces de mostrar nuestra alma en una función pública, en la que estuvieran invitados, por ejemplo nuestra esposa o esposo, nuestros padres, hermanos, hijos… nuestros compañeros de trabajo? Seguramente no muchos. Yo ciertamente no.

Allí está el juicio dice el Señor. Es decir que por mi vergüenza, por mi incapacidad de andar expuesto a la luz, me escondo en las sombras. ¿Quién nos ha juzgado primero, sino nosotros mismos? Y, en vez de enmendarnos, de limpiarnos, de obrar con transparencia preferimos seguir con nuestros enredos, con nuestras dos caras, con nuestra ambivalencia.

¡Dejémonos de estupideces! ¡Seamos francos, sinceros, abiertos, transparentes, como niños! ¡Basta de gestos, de fruncir el ceño, de falsas posturas, de pretensiones! ¡Seamos sencillos y humildes! No tenemos que ser el centro, los protagonistas sin cuya intervención nada ocurre o todo se hace mal. Confiemos en nuestros hermanos y ante todo en la Providencia Divina. ¡Pongámonos en manos de Dios! y enfrentemos confiados cada día de nuestras vidas, sabiendo que quien en Dios confía nada puede temer y tendremos todo cuanto necesitamos para andar por el Camino de Luz hasta alcanzar la Vida Eterna y ver a Dios. ¡Qué mejor destino!

Si tan sólo llegáramos a comprender o imaginar la inmensa alegría de aquel que es capaz de caminar en la luz, entenderíamos el valor inconmensurable del Sacramento de la Reconciliación, del Perdón. Lo que para ningún hombre sería posible, Dios quiso obsequiarlo a la humanidad entera, a todo aquél que libremente quisiera tomarlo. El Perdón de todos nuestros pecados es posible gracias al sacramento de la Confesión. El Señor ha querido bendecirnos aliviando nuestras penas, purificando nuestras almas y librándonos de toda culpa, para que así, “libres de equipaje”, podamos seguirlo, como plumas al viento.

Gracias Señor por tan inmerecida gracia.


Oremos:

Señor, perdóname todos mis pecados, lávame, límpiame, purifícame. Sé que no merezco la gracia que generosamente has querido obsequiarme. Por ello te pido que me perdones y no permitas que vuelva a caer en pecado, te lo pido por intercesión de la Santa Virgen María, tu Madre y de todos los Santos, que habiéndote encontrado han sabido aquilatarte como el más preciado tesoro y me han enseñado a quererte así.

Señor, no permitas que como un necio vuelva a caer, que me deje llevar, que me deje arrastrar. “¡Qué bien se está aquí!” No permitas que me pierda, que me aleje, que te deje, por el contrario acércame más, más y más…¡Quiero andar por tu Camino!

Déjame decirte junto con Santa Teresa: “quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

sábado, 21 de marzo de 2009

Reflexión: Lc 18,9-14


Jesús nos señala y advierte sobre el gran peligro de creernos los únicos, los perfectos, los poseedores de la verdad, despreciando a los demás, por considerarlos inferiores o en todo caso con una capacidad y un tono espiritual inferior al nuestro. Pues de esa actitud, como de toda actitud egoísta y vanidosa debemos huir. Nosotros debemos ser siempre humildes y debemos rogar al Señor que nos de auténtica humildad, no aquella externa, aparente, destinada a engañar a quienes nos rodean, mientras por dentro nos vanagloriamos de nuestras cualidades y excelsas virtudes.

El problema no es sólo que nos creemos algo que no es verdad, que no es cierto, sino que encima esta actitud se convierte en un obstáculo para nuestra conversión. Claro, si somos tan perfectos, si somos tan virtuosos, no dejamos espacio a la autocrítica, a la superación, al cuestionamiento de nuestros defectos, que seguramente los tenemos en cantidad; el orgullo nos satura y ciega. Así difícilmente enmendaremos nuestro camino y persistiremos en nuestros errores.

Debemos dejar el juicio a Dios. Nosotros debemos limitarnos a servir del mejor modo posible, procurando corregirnos siempre. Debemos acercarnos con humildad a nuestro Padre, reconociéndonos pecadores.


Oremos:

Señor, qué difícil es ser humilde, realmente humilde de corazón, de espíritu, cuando siempre tenemos por dentro el gusanillo aquél del fariseo, que nos anda alagando por nuestros “aciertos”, por nuestra “sabiduría”, por nuestra “claridad” y “lucidez” para ver y juzgar todo. ¡Señor, danos humildad! Humildad para aceptar y entender a nuestros hermanos, para escucharles, para ponernos en su lugar.

Hazme entender que no soy el único bueno, que hay muchos mejores que yo…que los ha habido antes y que los habrá después. Dame un corazón puro, limpio, libre, dócil…amable.

Señor, hazme un instrumento de tu fe, que sólo así participe y opine donde haya que hacerlo, nunca por ganar votos, por ganar prestigio y aceptación.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

viernes, 20 de marzo de 2009

Reflexión: Mc 12,28b-34


Jesús nos presenta el gran resumen de su predicación. No hay más. Es así de simple y sencillo. El problema es que no estamos dispuestos a verlo o no queremos aceptarlo y entonces empezamos a crear argumentaciones que sólo obstaculizan el entendimiento, destinadas a justificar todo aquello que en realidad nos aleja del evangelio.

No estamos dispuestos a sacrificar, a incomodarnos, a dejar todo lo que “atesoramos”, todo lo que nos distingue y nos pone sobre los demás, todo lo que nos da poder y sirve para que los más humildes nos rindan honores. Hacemos de la vida una incógnita indescifrable, solo apta para eruditos , poderosos o ricos, y pretendemos ocultar a la verdad tras estos disfraces.

Así, sólo si sabes mucho puedes alcanzar el respeto de los demás, incluyendo ricos y poderosos, entonces debes hacer de tu vida una carrera sin fin por devorar todo conocimiento y hacer gala de él en cuanta ocasión se presenta, de este modo logras admiración y con ello la narcótica fama.

Si tienes riquezas, puedes comprar todos los títulos y todo aquello que te ayude a hacer ostentación, sin necesidad de sabiduría alguna. Todos te respetarán y admirarán por lo que tienes y los que no, puedes apagarlos, desaparecerlos, rodeándote tan solo de admiradores, aunque sea pagados.

Finalmente, el que tiene poder, no necesita ninguno de los otros dos, pues obtiene el respeto imponiéndose, trabando, enredando, poniendo exigencias tan pesadas, que todos le imploren piedad, compasión, justicia. De este modo alcanza popularidad y fama, pues solo con un chasquido de sus dedos es capaz de obtener aplausos y reconocimientos de los más débiles, de los que son oprimidos, de los que sufren y esto le llena de satisfacción, lo envanece, lo lleva al delirio.

Todo esto, riqueza, poder, “sabiduría”, fama, nos impiden ver el sencillo mandato del Señor, que tenemos toda una vida para ponerlo en práctica y de este modo alcanzar el Reino, dando el Verdadero y Único sentido a nuestras vidas: Amar a Dios con todo lo que somos y a nuestro prójimo como a nosotros mismos


Oremos:

Dame fuerza, valor, lucidez, para pasar mi vida amando a mis hermanos. No me dejes caer en la tentación.

Hazme puro, sencillo, humilde, para estar siempre más dispuesto a dar, a servir que a pedir privilegios y posiciones.

Que no busque la fama, el poder, la “sabiduría” o la riqueza, antes bien que me ponga a tu servicio siempre.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Reflexiones de HOY