Roguemos al Señor - últimas reflexiones

Aldila - Oficial

Mostrando entradas con la etiqueta resurección. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta resurección. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de abril de 2009

Reflexión: Lc 24,35-48

Lc 24,35-48

Como los discípulos entonces, nosotros hasta ahora no salimos de nuestra perplejidad. No nos creemos todo lo que se nos ha dicho. No nos creemos lo que nos ha enseñado Jesús. Queremos interpretarlo y adaptarlo a nuestra comprensión, a nuestra razón , que por si fuera poco está distorsionada por una serie de complejos, traumas, limitaciones, prejuicios y mil obstáculos que hemos ido creando a lo largo de nuestra vida para que todo parezca y sea como nosotros queremos. Así, con tanta basura acumulada, con tatos parches, mentiras, hipocresías, superficialidades y castillos edificados sobre la arena, así con estos lentes contra el astigmatismo, cuando en realidad tenemos miopía, es imposible verlo. Y sin embargo Él está aquí, al lado de cada uno de nosotros, rodeándonos, abrazándonos, envolviéndonos, guiándonos, llevándonos, levantándonos, cuidándonos, empujándonos, propiciando cada situación, dándonos amor, dándonos vida.

Debemos sacudirnos de todo prejuicio, de todo temor, de todo pesimismo. El Señor está con nosotros y ¡ha vencido al mundo! Pedir al Señor que purifique nuestra alma, nuestra mente y nuestro corazón. Que nos haga como niños, como una fuente cristalina de agua fresca y pura, como el día más transparente, templado y soleado, frescos como la brisa del mar que da sobre nuestro rostro cuando paseamos por una playa en primavera. Que nos haga dóciles para encontrarlo y verlo en nuestras vidas, allí donde menos esperamos…En realidad, allí donde posamos los ojos. Porque Él está en todas partes…acompañándonos, guiándonos, mostrándonos el Camino. El nos dice donde debemos dar el siguiente paso, donde debemos posar nuestros pies y nosotros le oímos, pero no siempre le hacemos caso.

Somos necios. No nos llegamos a creer todavía que Él está a nuestro lado y que sólo quiere nuestra felicidad; la de todos y cada uno de nosotros. Sólo debemos hacerle caso. Oír y hacer ciegamente lo que Él nos dice. No hay nada que nos proponga que no sea por nuestro bien y si nos cuesta, seguramente la recompensa será muchísimo mayor. Solamente tienes que tirar la red del lado que Él te indica y verás que la pesca será abundante.

“Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas”. Hemos sido testigos y somos los primeros beneficiarios de esta Gracia. Somos consientes de ello. Somos testigos. Los testigos están llamados a dar testimonio verás de lo que han visto, oído y creído.



Oremos:

Señor acrecienta nuestra Fe. Creemos en Ti, pero no lo suficiente, por eso a veces flaqueamos, dudamos, nos acobardamos. Haznos un instrumento de tu Fe.

Queremos andar confiadamente por los caminos, sabiendo que Tú estás siempre a nuestro lado.



Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

sábado, 18 de abril de 2009

Reflexión: Mc 16,9-15

Mc 16,9-15

¿Qué más? ¿Más claro? El agua.

El Señor está cerrando su predicación…su presencia como hombre, como Hijo de Dios entre nosotros. Todo lo que ha hecho y nos ha mostrado tiene sentido. O quizás debiéramos decir que lo tendrá, si nosotros hacemos lo que Él nos pide, lo que nos ordena: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”.

Tenemos un mandato. Como dijeron nuestros obispos en la V Conferencia General del Episcopado, en Aparecida: “No tenemos otro tesoro que este. No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante todas las dificultades y resistencias.”

Resistencias las ha habido siempre. Ya vemos que a sus mismos discípulos Cristo “les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado.” Pero creo que la principal resistencia está en nosotros mismos, que no queremos comprometernos, que no queremos incomodarnos. Y es que vivimos en el engaño permanente, pensando que todo puede pasar suavemente por nuestras vidas, sin “hacer olas”, sin jugárnoslas. Pero eso es mentira. Tarde o o temprano llegan las dificultades y finalmente la muerte, y si no hemos llevado una vida digna, en la que hayamos puesto en juego todos los dones recibidos, Jesús nos escupirá por tibios.

Es que podemos vivir como el avestruz, escondiendo la cabeza y pretendiendo que nada pasa, que nada nos toca, que nada nos incumbe, pero tarde o temprano llega la hora de dar cuentas y entonces será demasiado tarde. Tenemos que llegar a comprender que la vida sólo tiene sentido, cuando somos capaces de darla por los demás. El que trata de conservarla y preservarla para sí, en realidad la pierde. Para dar frutos la semilla tiene que morir…

Nos cuesta entender la vida y el sentido de ella. Sin embargo tenemos tantos ejemplos en nuestra propia vida de felicidad. Detente un momento y revisa sinceramente: ¿No has sido feliz cuando has podido dar algo de ti, algo que te ha costado? ¿No es la felicidad de los que quieres la que te hace a ti feliz? Pues he ahí una muestra.

Camina haciendo el bien y procura solamente prodigar felicidad a los demás, aunque te vaya la vida en ello. Comparte generosamente lo que tienes; esfuérzate un poco por llenar las vidas de los demás, no la tuya. Da, sin mirar a quién. Solamente da. Recuerda que tienes una misión y que tal como nos lo dijeron nuestros obispos en Aparecida “no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana.”

Finalmente, nos recuerdan los obispos, “el discípulo misionero ha de ser un hombre o una mujer que hace visible el amor misericordioso del Padre, especialmente a los pobres y pecadores.”



Oremos:

Señor ayúdame a ser un verdadero emisario tuyo, a llevar la buena nueva por donde voy, con hechos, no con palabras. Que viva y me comporte cristianamente, SIEMPRE.

Quiero ser discípulo tuyo y no guardarme nada para mí. ¡Sacúdeme de esta modorra, esta tibieza, esta mediocridad! ¡Quítamela de encima, para que sea digno de llamarme hijo tuyo!


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

jueves, 16 de abril de 2009

Reflexión: Lc 24,35-48

Lc 24,35-48

Apareciendo nuevamente entre sus discípulos, con el saludo de la paz y pidiéndole algo de comer, Jesús trata de acabar con el desconcierto entre ellos, centrarlos y encaminarlos nuevamente en su misión. Todo lo que ha ocurrido ha sucedido como estaba escrito y, algo que es sumamente importante: ustedes son testigos de estas cosas.

Un testigo está llamado a dar testimonio. El Señor nos compromete a eso. Ustedes saben, ustedes conocen, porque lo han visto…están llamados a darlo a conocer, a testificar, a llevar la Buena Nueva, a evangelizar. Este es un mandado, es nuestro DEBER. Como dice el documento de nuestros obispos en Aparecida: NO ES OPCIONAL.

Esto quiere decir, en mi modesto entender, que por ello seremos juzgados, que de eso se nos pedirá cuentas; que de esta forma podemos dar muestra concreta de amor, es decir si con nuestros actos EVANGELIZAMOS. ¿Y cómo podemos evangelizar al mundo con nuestros actos? Pues siendo verdaderos cristianos…Y, ¿Qué hace un verdadero cristiano? ¿Cómo se puede reconocer a un verdadero cristiano? No por lo que dice, ciertamente, si no por lo que hace.

Un verdadero cristiano es un hombre de paz. Un hombre que lleva y da la paz, tal como lo hizo el Señor. No es por costumbre o un mero modismo, que Jesús saluda de este modo a sus discípulos a penas los ve: “La paz con vosotros”. Es que para quien ha comprendido el mensaje, para quien ha sido testigo de todo esto que el Señor resume con las siguientes palabras: “Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’”. Para quien ha entendido el mensaje del Señor, decía, no puede haber sino paz; la paz de quien ha resuelto todos los nudos, de quien ha encontrado por el fin el Camino, de quien ha encontrado explicación y sentido a la Vida. Es Cristo, su vida, muerte y resurrección quien da sentido a nuestras vidas…Quien ha sido testigo, y quien realmente lo ha comprendido, deber tener la paz del Señor y debe darla.

Tener la paz del Señor y darla implica hacer un alto en el camino, hacer una reingienería total a nuestras vidas y mirar el mundo con otros ojos. Implica poner primero el amor. Esto quiere decir, empezando desde este momento, desde este segundo, poner a nuestros hermanos en primer lugar y vivir para dar antes que para recibir. Dar, amar, quiere decir desprenderse. Es cambiar totalmente el eje central de nuestras vidas y por ende, todos nuestros planes y proyectos. Es vivir hoy y cada día como un verdadero cristiano, y esto sólo se logra si cada día, a cada instante, todo el tiempo amas. ¿Cómo? ¿A quién? Empezando por quien está a tu lado y siguiendo con cada creatura que vayas encontrando en este tu día. Todos tienen que saber de Cristo. La noticia es urgente, es prioritaria, no puede esperar. La darás a conocer no con bonitas y rebuscadas palabras, sino con tu vida, con tus actos, con tus actitudes, con tu proceder cotidiano, a cada instante.


Oremos:

Señor ayúdame a caminar por este mundo siendo tu testigo. Dame el valor para anunciarte en cada uno de mis actos, con cada gesto, desde que amanece hasta que termine el día. Que vaya derramando paz y amor por donde pase. Que no necesite abrir la boca para que te reconozcan y si en todo caso habré de hacerlo, que sólo sea para proclamarte. ¡Dame tu paz y tu amor!


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

lunes, 13 de abril de 2009

Reflexión: Mt 28,8-15

Mt 28,8-15

Para disipar toda duda Jesús se presenta a las mujeres que habían ido a ver su tumba y no lo habían encontrado y les da un importante mensaje: “No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. El triunfo definitivo sobre la muerte había sido sellado…

Sin embargo, como ocurre en todo crimen, los que lo habían consentido y cometido estaban dispuestos a sostener lo que habían hecho, aun por sobre las evidencias. Testarudamente tratan de ocultar la verdad, de distorsionar los hechos, comprando voluntades y conciencias…y, así lamentablemente lo logran. No causan efecto para siempre, ni con todos, porque la verdad siempre termina por imponerse y triunfar. Pero es notable como la maldad siempre encuentra aliados, gente dispuesta a colaborar. Es claro, viven en la sombra, en la oscuridad, donde obtienen pingües ganancias y privilegios, que no están dispuestos a perder, así que, si es preciso están dispuestos a sobornar a quien sea, con tal de mantener su situación. Y lo peor es que con el tiempo ellos mismos se llegan a creer sus mentiras.

¿Cuántas veces con nuestros actos, con nuestro proceder, nos convertimos en cómplices de estos cínicos, mentirosos? ¿Cuántas veces nuestra actitud, nuestras obras comunican a nuestros hermanos que no hay esperanza, que la muerte, la mentira, el crimen, el temor y la persecución han triunfado sobre la verdad?

¿Somos portadores de la Buena Nueva? ¿Somos portadores de esperanza? ¿Llevamos alegría a los corazones de los que sufren? ¿O somos más bien de los tremendista, de los derrotistas, de los pesimistas que nunca encuentran salida a nada, que creen que todo está perdido, que no hay nada que hacer?


Oremos:

Señor, ayúdanos a cambiar, a luchar contra nuestro carácter siempre negativo y triste. Ayúdanos a ser portadores de la Buena Nueva de la Resurrección. Que nuestra presencia baste para dar ánimos a quienes se siente afligidos, derrotados, acabados. Que seamos portadores de paz, de tú paz y de una alegría verdadera, basada en el triunfo definitivo de la vida sobre la muerte, en el perdón de nuestros pecados y en la salvación eterna.



Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

domingo, 12 de abril de 2009

Reflexión: Mc 16,1-7

Mc 16,1-7

Tal como debía suceder, fueron a su tumba y no lo encontraron. Hasta ese momento todo era desolación entre los discípulos. Podemos imaginarlos sumamente deprimidos, preguntándose seguramente qué podrían haber hecho y tratando de olvidar todo aquello que Jesús les había dicho tantas veces sobre su resurrección. Jesús estaba muerto y no había nada que hacer. Habían muchos misterios en su vida…Las cosas que había hecho fueron realmente asombrosas…Pero ¿quién podía contra la muerte? Todo parecía un capítulo cerrado. Una experiencia extraordinaria, ciertamente, como la del Mar Rojo o el Maná del Cielo, que habría de recordarse por siglos, pero que allí había terminado.

Todavía seguían especulando, seguramente, sobre quién había retirado de su tumba el cuerpo de Jesús. Pero este joven con túnica blanca viene a inquietarlos con unas palabras que todavía les costaba entender. No podían creerlo…¿Quién era este joven? Y, qué es eso de “que Él irá antes que vosotras a Galilea; allí lo veréis, como Él os lo había dicho”.

El corazón debió saltárseles hasta la boca. Estaban en presencia de algo extraordinario. Algo que no había pasado antes, ni volvería a pasar jamás. Su intuición se lo venía diciendo…No podía ser otra cosa. ¿Será que Resucitó?

Este es el gran misterio que confirma nuestra fe. Jesús, Hijo del Padre, salió triunfante sobre la muerte, tal como tantas veces antes lo había dicho. No hablaba en sentido figurado; no había que hacer interpretaciones al respecto. Sólo había que creerle. Y creerle todo. Seguirlo hasta el fin. El Camino estaba trazado. Las puertas del Cielo se abrieron también para nosotros. Dios nos espera con los brazos abiertos. Él, que nos amó primero, nos ha perdonado. La vida y la muerte ahora tienen sentido.


Oremos:

Padre Santo, te bendecimos y adoramos, que por tu inmensa Gracia quisiste que tu Hijo bien amado fuera entregado, muerto y sepultado para el perdón de todos nuestros pecados, y que resucitara redimiéndonos de toda culpa y ganando para nosotros un lugar a tu lado.



Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

domingo, 15 de marzo de 2009

Reflexión: Jn 2,13-25


Siguiendo la línea de comportamiento de Sacerdotes, Escribas y Fariseos, es de comprender en qué habían convertido el Templo del Señor. Y a Jesús esto realmente le molestaba. Era más un mercadillo donde se realizaban transacciones de todo tipo y donde los poderosos seguramente compraban las piezas más grandes y costosas para ofrecerlas en sacrificio, pretendiendo de esta forma hacer notar su fe en Dios, cuando todo el mundo sabía que llevaban una vida licenciosa, de la cual no se arrepentían. Buscaban, como ahora, con estos gestos y muestras de poder aplacar a Dios y conseguir perdón de sus pecados. Y es seguro que los Sacerdotes entraban en este juego y que hasta recibían de buen agrado sus donaciones y dádivas, mirándolos con satisfacción y poniéndolos como ejemplo, como si se pudiera comprara la paz, el amor y el perdón de Dios.

¿Cuántos de nosotros hemos reducido a esto nuestra fe? Pretendemos comprarla haciéndonos partícipes de un movimiento, de una cofradía a la que regalamos u donamos cosas materiales que nos permiten figurar entre la feligresía, destacar y recibir honores. ¿Pero llevamos una vida recta, somos humildes, nos arrepentimos de nuestros pecados y enmendamos nuestro comportamiento?

El amor y el perdón de Dios, la paz que proviene de Él, no se compran, pues constituyen una Gracia que el Señor libremente otorga a quienes están realmente de su lado.

¿Eres tú un verdadero cristiano? ¿O estarías entre los que el Señor arrojó a latigazos, por exasperarlo a tal extremo, con apariencias y engaños? No te olvides cómo concluye esta lectura: “Pero Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues Él conocía lo que hay en el hombre”.

Oremos:

Hazme, Señor, un auténtico cristiano, no de aquellos que hacemos un circo de tu fe, sino de los que vivimos auténticamente, amando, dando, con humildad y sencillez, sin esperar nada a cambio.

Dame fe, para creer profundamente, con mi vida entera en el evangelio y vivir al modo de Jesús.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)


miércoles, 4 de marzo de 2009

Reflexión: Lc 11,29-32


“Aquí hay algo más que Jonás”…Y es que somos realmente privilegiados. El Señor ha venido a salvarnos. Ha anunciado la Buena Nueva y hemos tenido el privilegio de vivir para escucharlo, tanto aquellos que vivieron con él y lo acompañaron en su peregrinar, como nosotros a quienes gracias a aquellos nos ha llegado la Palabra Viva de Jesús.

No, no tendremos más señal, porque se nos dio todo lo que era posible y necesario. El Señor vino a Salvarnos y lo hizo dando su vida por nosotros. “Tanto amó Dios al Mundo, que entregó a su propio hijo como sacrificio por nuestra salvación”. ¿Qué más?

¡Qué difícil es dar la vida por un amigo! Aunque seguramente habrá siempre alguien dispuesto, gracias Dios. ¿Pero dar la vida por alguien que te ha fallado, por alguien que no cree en ti, por alguien que duda de ti, por alguien que no te conoce, por alguien que no te quiere? ¡Eso hizo Jesús por nosotros!

Jonás se entregó como sacrificio para salvar la nave en que viajaban de la furia de las olas del mar, y fue devorado por una ballena que a los tres días lo devolvió sano y salvo. Jesús será crucificado muerto y sepultado por nuestros pecados, pero resucitará al tercer día, redimiéndonos y sellando la Alianza Eterna con nuestro Padre, Dios.

¿Creemos eso? “Conviértete y cree en los Evangelios” es la exigencia de este tiempo de cuaresma.


Oremos:

Señor danos fe si quiera como un grano de mostaza, para creer en ti, en los evangelios y en la salvación que con tu bendita sangre ha sido adquirida para nosotros por toda una eternidad.

Que vivamos según los evangelios, llevando paz, alegría y esperanza al mundo, sabiéndonos amados por Él que más puede amar, por un Dios que es Amor, que es, por si fuera poco, nuestro Padre.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

jueves, 26 de febrero de 2009

Reflexión: Lc 9,22-25

Lc 9,22-25

Jesús insiste por estos días en hacer notar a sus discípulos que tendrá que sufrir mucho, que tienen una Misión que lo llevará a la reprobación de todos aquellos considerados sabios, de todos aquellos que cuentan con prestigio frente al pueblo y que incluso será matado…Hasta ese extremo habrá de llegar. No se trata pues de pasar solamente un mal rato, es que acabarán con él, o por lo menos eso será lo que pretenderán. Sin embargo no podrán, porque finalmente resucitará, con lo que sellará definitivamente su triunfo sobre la muerte y el pecado.

Es decir que la razón de su sufrimiento, la razón de su predicación, la Verdad de su mensaje queda confirmada con su resurrección. Y todo ocurre conforme estaba escrito.

Esto es lo que ocurrirá con Jesús. Este es el ejemplo. Entonces, nosotros ¿Qué debemos hacer? Pues, seguirlo, como nos dice Él mismo, llevando nuestra propia cruz.

¿En qué consiste el seguimiento de Jesús? Es todo un cambio de actitud, todo un salto que debemos dar. No se trata de cuidarnos, de procurar no molestar a nadie, de conformarse con todo y sobre todo de no hacer olas para salvar nuestro propio pellejo. Se trata de poner en juego nuestra vida, si es preciso, por la verdad, porque sólo si eres capaz de perder tu vida por los demás la salvarás. En cambio si te empeñas por no sufrir, por pasar incólume, sin rasguño, pues lo que habrás logrado finalmente será perder tu propia vida. Y ¿Qué hay más importante que la vida misma?

Se trata de toda una filosofía, de todo un modo de afrontar y ver la vida, dando por sentado que primero y antes que nada están nuestros hermanos, están los demás. Este es el verdadero significado de la palabra: amor. El que ama verdaderamente, como lo manda Jesús, tiene un programa en el que su nombre figura al final. Es como el capitán del barco que se hunde, que sólo saltará cuando haya terminado de salvar al último.



Oremos:

Señor, danos el valor para ir y salir siempre en pos de la verdad. Que no nos escondamos, que no huyamos buscando nuestra protección, sino antes bien, que estemos dispuestos a sacrificarnos por ella, sabiendo que ello será la salvación de muchos o aun cuando sea de uno.

Haznos capaces de amar verdaderamente. Que dejemos el egoísmo, la comodidad, el hedonismo y sobre todo el engaño del demonio, que en nuestras mentes trata de justificarlo todo, usando argumentaciones de todo tipo, con tal de no comprometernos, de librarnos del dolor y del sufrimiento. No somos masoquistas, pero no podemos ir por la vida engañándonos, pensando que podemos pasar sin sufrir, cuando hay tantos millones de hermanos nuestros que padecen mil penurias cada día.

Haznos sensibles al dolor y al sufrimiento de nuestros hermanos, sobre todo de los que tenemos alrededor nuestro. Quita de nosotros la indiferencia.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

sábado, 21 de febrero de 2009

Reflexión: Mc 9,2-13

Mc 9,2-13

Estamos frente a un acontecimiento especial, en el que sólo tienen participación los discípulos más cercanos a Jesús, a quienes él mismo invito a presenciarlo. Aún ellos no entendieron mucho y quedaron asombrados de lo que ocurrió frente a sus ojos. Jesús se transfiguró y por un momento lo vieron conversando con Moisés y Elías. Los discípulos quedaron pasmados; no sabían qué decir. Se trataba de algo extraordinario que bien hubieran querido perpetuar, por lo asombroso.

Pero, duró poco. Sin embargo lo suficiente para que en medio de una nube que los cubrió oyeran hablar a Dios Padre. ¿Y qué les dice? El mensaje es muy breve y suficiente para confirmar la predicación de Jesús. «Este es mi Hijo amado, escuchadle.»

Al bajar Jesús les ordenó que no contaran nada de lo que habían visto hasta que resucitara. ¿Qué es eso de resucitar?, se preguntaban.

Tratando de entender la relación lógica de los acontecimientos, empezaron a interrogar a Jesús, que les hace ver que todo se va cumpliendo conforme estaba escrito, así que lo que tiene que ver con él también se cumplirá.

Para Jesús todo encaja y responde a la Voluntad del Padre, aquella que ha venido a cumplir, tal como estaba escrito. Para los discípulos, como para nosotros seguramente, las cosas no están muy claras. Nos perdemos. Es que hay una parte en todo este mensaje que disgusta, que nos resistimos a ver, a afrontar, a asumir. Y es el sufrimiento. ¿Por qué, a qué viene? ¿Por qué no puede ser todo el tiempo triunfal, vencedor, fulgurante, convincente, arrasador, contundente?

Pero no. Aunque habrá de Resucitar, antes tendrá que morir, como todos. Nos quedamos en la muerte y nos resulta difícil mirar más allá, hasta la Resurrección.

Oremos:

Señor, danos tu luz, ilumina nuestras mentes y nuestros corazones para que podamos a entender que solo amando llegaremos a Ti Que quien ama verdaderamente, tendrá que sufrir, aunque su sufrimiento no será eterno, pues finalmente resucitaremos.

Ayúdanos a entender que el amor no está exento de sufrimiento por nuestra misma naturaleza humana, limitada. Dar más allá de nuestras fuerzas, más allá de lo que tenemos, siempre será doloroso. Pero el que ama está dispuesto a dar su vida…y el que da su vida por el que ama, la salva.

Ayúdanos a entender este maravilloso misterio y sobre todo, danos el valor para no huir, para no escapar, cubriéndonos, regateando, mezquinando lo que debemos dar cuando nos toca.

Ayúdanos a reconocer lo que se nos pide a cada instante.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

martes, 30 de septiembre de 2008

Reflexiones Lc 9, 51-56


Conmueve la ingenuidad, la inocencia con la que los discípulos se dejan llevar por instintos primarios, de cuya esclavitud viene a liberarnos Jesús. Que rápidos y dispuestos a solucionar todo por la vía de la fuerza y la violencia. No han podido entender todavía cuál es el camino que con su vida, posterior muerte y resurrección ha venido a proponernos Jesús. Ese no es el camino. No es la servidumbre de los instintos, a la que nos encontramos sometidos, la que nos salvará. Por el contrario es solo rompiendo sus cadenas que podremos construir el Reino de paz, de amor y de justicia para todos.

El cambio de paradigmas es total. Educarnos en ese cambio para obrar como Jesús es lo que debemos hacer, a lo que debemos dedicar todos nuestros esfuerzos en esta vida. Los caminos del Señor no son los nuestros.

Jesús, sabiendo que ya llegaba el momento, escoge ir a Jerusalén, aun sabiendo lo que allí le espera. No huye, no escapa de su misión, ni tampoco la hace más fácil, acudiendo a los poderes que sus discípulos le sugieren. Tiene que hacer la voluntad del Padre: la Salvación, la Redención de la humanidad entera. Y esta pasa por el sufrimiento, la pasión y la muerte en la cruz; pero también por su resurrección gloriosa. Todo llegará a su tiempo.

Oremos:

Señor, permítenos entender y hacer nuestro este pasaje del evangelio. Esa actitud tuya, tan distinta a la de los discípulos, que se parece más a la nuestra. Entender la Voluntad del Padre y ponerla por sobre todo, para someternos a ella, con fe ciega, sabiendo que ella será siempre correcta, siempre la más conveniente para todos, pero especialmente para los más pobres, para los que más sufren, para los débiles.

Señor, libéranos del egoísmo, de la mezquindad. Que antepongamos a los demás antes que nuestra comodidad, nuestro bienestar y nuestra seguridad.

Que nuestra agenda sea la tuya.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Reflexiones de HOY