Roguemos al Señor - últimas reflexiones

Aldila - Oficial

martes, 30 de septiembre de 2008

Reflexiones Lc 9, 51-56


Conmueve la ingenuidad, la inocencia con la que los discípulos se dejan llevar por instintos primarios, de cuya esclavitud viene a liberarnos Jesús. Que rápidos y dispuestos a solucionar todo por la vía de la fuerza y la violencia. No han podido entender todavía cuál es el camino que con su vida, posterior muerte y resurrección ha venido a proponernos Jesús. Ese no es el camino. No es la servidumbre de los instintos, a la que nos encontramos sometidos, la que nos salvará. Por el contrario es solo rompiendo sus cadenas que podremos construir el Reino de paz, de amor y de justicia para todos.

El cambio de paradigmas es total. Educarnos en ese cambio para obrar como Jesús es lo que debemos hacer, a lo que debemos dedicar todos nuestros esfuerzos en esta vida. Los caminos del Señor no son los nuestros.

Jesús, sabiendo que ya llegaba el momento, escoge ir a Jerusalén, aun sabiendo lo que allí le espera. No huye, no escapa de su misión, ni tampoco la hace más fácil, acudiendo a los poderes que sus discípulos le sugieren. Tiene que hacer la voluntad del Padre: la Salvación, la Redención de la humanidad entera. Y esta pasa por el sufrimiento, la pasión y la muerte en la cruz; pero también por su resurrección gloriosa. Todo llegará a su tiempo.

Oremos:

Señor, permítenos entender y hacer nuestro este pasaje del evangelio. Esa actitud tuya, tan distinta a la de los discípulos, que se parece más a la nuestra. Entender la Voluntad del Padre y ponerla por sobre todo, para someternos a ella, con fe ciega, sabiendo que ella será siempre correcta, siempre la más conveniente para todos, pero especialmente para los más pobres, para los que más sufren, para los débiles.

Señor, libéranos del egoísmo, de la mezquindad. Que antepongamos a los demás antes que nuestra comodidad, nuestro bienestar y nuestra seguridad.

Que nuestra agenda sea la tuya.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

lunes, 29 de septiembre de 2008

Reflexión: Jn 1,47-51

Jn 1, 47-51

Esta lectura se hace un poco difícil de entender, si no podemos situarnos en el contexto. Sucede con algunas lecturas así. Por ello se hace necesario estudiar, saber, leer…

Los ángeles juegan un papel importante en estos versículos. Pero, ¿qué sabemos nosotros de ángeles? Ellos eran importantes para los judíos y tienen un papel en la historia de la salvación. ¿Los conocemos?

Será motivo de investigación. Algo tenemos que estudiar. Recuerdo al Ángel Gabriel, el de la Anunciación, el que trajo la buena nueva a María. Hubo otro en la puerta del sepulcro…y otros estuvieron sirviendo a Jesús luego de sufrir las tentaciones del desierto. No recuerdo más…Pero creo que es suficiente para darnos cuenta del papel clave que juegan en la vida espiritual.

No podemos dejar de mencionar la Ángel Caído, aquél que quiso ser como Dios, Lucifer, el señor de las penumbras, de la destrucción y la muerte. La soberbia, la codicia, la lujuria y toda aquella tentación que nos lleva a pretender que alejándonos de Dios, ignorándolo, seremos más que Él. Aquél mentiroso que nos hace creer que con él seremos libres, cuando en realidad pretende esclavizarnos al egoísmo, al mal, al sufrimiento y a la muerte. Aquél que nos hace concebir la inaudita pretensión de vivir sin Dios…Eso fue lo que quiso el demonio y es a esa aventura que nos lanzamos cada vez que apartamos a Dios de nuestras vidas.

¿Cómo podemos verlo? Pues es la iluminación del Espíritu Santo la que debemos pedir incesantemente, para que nos permita discernir siempre el camino recto, el camino de la verdad y de la vida, el camino del Señor.

Oremos:

Señor, danos tu luz y tu espíritu para que podamos verte en el mundo, en cada cosa, en cada persona, en cada lugar. Que vivamos en el mundo como quien habita en tu templo, respetando todo lo que has creado para nosotros, todo lo que nos has dado y usando de ello en tanto en cuanto nos acerquen a Ti.

Envíanos tus ángeles bondadosos para que nos protejan y podamos finalmente así, contigo, vencer a la muerte.

Aparta de nuestra mente, de nuestro corazón y de nuestra vida toda tentación, todo engaño que signifique salirnos del camino, para regocijo del embustero.

Haznos rectos. Haznos valientes. Haznos puros.

Purifica nuestra mente, nuestra alma y nuestro corazón. Que solo aniden en ellas buenos actos, buenos pensamientos, buenas intenciones.

Fortalece nuestra frágil voluntad.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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domingo, 28 de septiembre de 2008

Reflexiones Mt 21, 28 - 32

Mt 21, 28 - 32

Contestamos muy rápidamente a Jesús, “Sí, ¡Cuenta conmigo!” Pero que difícil se nos hace seguirlo día a día. Jesús no quiere palabras, sino obras, actitudes, acciones. Está cansado de nuestro chamullo, de nuestras palabras huecas y sin sentido.

Quien dice que le ama y no le sigue, es en realidad un mentiroso o cuando menos un charlatán.

La lectura hoy nos muestra esas dos actitudes. La del que dice no, sin embargo luego recapacita y hace lo que debe hacer, lo que Jesús le pide y la del que dice sí, pero luego hace cualquier cosa. ¿A cual de los dos nos parecemos? ¿Cómo cual de los dos nos comportamos en realidad?


Oremos:

Señor, quiero ser de los que te siguen, de los que no palabrean tanto y actúan correctamente. ¡Quiero predicar con el ejemplo! ¡Dame coherencia!

Fortalece mi espíritu enclenque, superficial, débil…que eche raíces en Ti; que sepa dar siempre testimonio de tu amor.

Señor Jesús, que seas Tú y no yo el que guie mi vida.

¡Hazme un instrumento de tu fe!

Te doy todo lo que soy, todo lo que siento, todo lo que pienso…¡Tómalo Señor y haz con ello lo que gustes!

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

sábado, 27 de septiembre de 2008

Reflexiones Lc 9, 43b-45

Lc 9, 43b-45

Continuamos con la imagen del Mesías esperada por los discípulos, la misma que seguramente nosotros estamos esperando, la del guerrero que con su omnipotencia habrá de inclinar la balanza a nuestro favor. En cambio Jesús habla de algo que no queremos oír: de sufrimiento, de pasión, de muerte.

El camino de salvación es distinto al que nosotros deseamos o imaginamos; no es el de la victoria efímera, aunque al final alcancemos la victoria definitiva sobre la muerte. Eso el mismo Jesús nos lo garantiza. Sin embargo el Camino no es fácil, pues es el de el amor y la paz, palabras fáciles de escribir y decir, pero muy difíciles de realizar, en un mundo marcado por la adversidad.

Paz y amor a todos, pero especialmente a aquellos que nos dañan, a aquellos que nos persiguen; a nuestros enemigos. ¿Somos capaces de tanto?


Oremos:

Danos valentía para seguir por tu camino, allí donde más nos cuesta.

Danos tu luz y perseverancia, para no flaquear. Y si caemos, que nos volvamos a levantar y sigamos adelante.

Que no construyamos un Cristo a nuestra imagen, un Cristo cómodo y fácil de seguir, un Cristo permisivo y tolerante en extremo, un Cristo falso.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

viernes, 26 de septiembre de 2008

Reflexión: Lc 9,18-22


Nuevamente se nos hace un poco difícil entender estas palabras, si no podemos ubicarlas en el contexto histórico. Y a ello contribuye “Les doy una Buena Noticia” escrito por el padre Manuel Cavanna. Allí nos explica por qué la reacción de Jesús ante la afirmación de Pedro. Y es que él, como los demás discípulos y los judíos en general estaban a la espera de un Mesías que los liberaría del yugo Romano, de la opresión. Es decir, en otras palabras, esperaban la manifestación del poder de Dios en contra de sus enemigos.

Pero Jesús viene a restaurar una Nueva Alianza, basada en la Voluntad del Padre, que tiene muy poco que ver con este guerrero al que esperaban los Judíos. Cristo viene a enseñarnos otro camino y para que se cumpla, todavía tiene que padecer el Sacrificio de la Cruz, tan lejano a lo que esperaban los discípulos, y tan lejana muchas veces a nuestra comprensión.

El puede ser un “subversivo”, pero no de la clase que muchos de nosotros esperaríamos. No empuñará las armas, no realizará campañas, ni sembrará terror. La revolución que nos trae es la de la esperanza, la paz y el amor. El viene a reconciliarnos entre hermanos y a reconciliarnos con el Padre, que lo único que pide es que nos amemos los unos a los otros, como Él nos ha amado.

Este mensaje, como la más pequeña de las semillas, crecerá hasta cambiarlo y revolucionarlo todo. Este es un mensaje revolucionario y subversivo, porque se estrella contra todas nuestras categorías, contra todos nuestros esquemas. Porque nos propone la defensa de la vida a toda costa. Si llegamos a dar nuestra vida, será en defensa de la vida misma. Daremos la nuestra, antes que quitar la de otros…¡Esa es la lección!

¿Pero cuántos de nosotros somos capaces de sacrificarnos a nosotros mismos, antes de sacrificar a los demás? Gritamos ¡No hay derecho! Y exigimos: ¡primero lo nuestro, a cualquier precio, luego hablaremos!


Oremos:

Señor, danos tu luz para entender cómo debemos actuar a cada paso en nuestra vida; cómo podemos ser redentores y no jueces inflexibles verdugos de los demás.

Pon en nuestras bocas la palabra precisa, el gesto oportuno, la claridad para conducir a nuestros hermanos menores.

Danos sabiduría y discernimiento para doblegar toda aquella argumentación banal del demonio.
Haznos instrumentos eficaces de tu fe.

¡Qué nuestra vida sea un ejemplo para los demás y que al seguirnos, te sigan a Ti!

Perdona mis temores, mis dudas, mi falta de consecuencia y acción oportuna. ¡Dame el poder para luchar contra estas debilidades y que la virtud salga siempre airosa!


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

jueves, 25 de septiembre de 2008

Reflexión: Lc 9,7-9

Lc 9,7-9

A Herodes, que antes había enviado a matar a Juan el Bautista, por una estupidez, por un capricho, por un extravagante juramento que sólo a un vanidoso podía ocurrírsele, le intriga quien puede ser este hombre, del que se dice tantas cosas. Como dice el Padre Manolo Cavanna, le remuerde la conciencia y tiene realmente miedo que sea Juan. El sabía que hacía mal (¿Quién era él para jurar sobre la cabeza de otro, para poner en juego la vida de alguien?), pero por un insulso juramento, dado con frivolidad y peor aún, teniendo la posibilidad de negarse a cumplirlo, por irrazonable, prefiere seguir hasta el final, sosteniendo la promesa que había hecho, con tal de no desprestigiarse y perder un ápice de su autoridad. Es decir que es la vanidad y el orgullo los que le impiden reconocer sus errores y dar marcha atrás en el cumplimiento de una estúpida promesa. Puede más su prestigio y el qué dirán…

¡Claro! Era más fácil mandar a matar a Juan, que se encontraba preso e indefenso, que sabía que era un buen hombre, pero que después de todo ni era de su familia, ni tendría por qué afectarle tanto. Finalmente, estaba seguro que lo olvidaría como a otros tantos…Sin embargo Jesús, a quien obedecen incluso las olas, se lo recordaba y la conciencia lo carcomía.

¿Cuántas veces somos como Herodes, que sentimos curiosidad por Jesús, pero por intereses espúreos? ¿Cuántas otras veces seguimos hasta el final una estupidez tan sólo por no dar nuestro brazo a torcer, tan solo por no reconocer que nos hemos equivocado? ¿Somos acaso infalibles? Reconocer nuestro error es una humillación a la que no estamos dispuestos…


Oremos:

Señor, haz que te busquemos con sinceridad, con pureza de corazón, no solamente por curiosidad o para obtener lo que queremos o para tranquilizar nuestras conciencias…

Haznos dignos seguidores tuyos. Que creamos en ti y demos testimonio de ello con nuestras propias vidas, siempre.
Danos un corazón humilde, para saber reconocer nuestros errores y enmendarnos.

Dame valor, dame fe, dame tu luz. Que ella brille en mi siempre, para que mis hermanos encuentren el Camino y seas Tú a quien ven, no a mí.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Reflexión: Lc 9,1-6

Lc 9,1-6

Otra vez me parece oír hablar al Señor de la Libertad. No llevar nada con uno…sólo lo indispensables. Y partir, dejando todo con una misión: hacer su voluntad. Trabajar con cada uno de los que encontramos en el camino, pero sin detenernos demasiado con aquellos que nos rechazan. Añadiría yo que hay demasiado que hacer, para estar deteniéndose a porfiar con alguien que no nos quiere. Sacudirnos el polvo de los zapatos y seguir adelante…Es decir, no dejarnos desalentar.

Envestidos del Poder que sólo Él es capaz de darnos, nos pide marchar a anunciar el Reino de Dios y a curar a los enfermos. Me parece importante tomar nota que sólo nos encarga dos tareas ¡sólo dos!

El enfermo, el disminuido, el que no puede valerse por sí mismo, el que está sufriendo, merece compasión y por lo tanto nuestra atención. Es a estos hermanos a los que el Señor nos envía a curar. Pero esta cura no es solamente física. Es que el Señor no sólo se refiere a los enfermos físicamente, sino a todo aquello que envenena el espíritu, aquello que tergiversa la realidad, que nubla la razón, que debilita o daña el alma. Es nuestro mandato: ¡curar!

Y en qué consiste anunciar el Reino. ¡Pues en llevar la Buena Nueva. En dar esperanzas a quien tiene un corazón dispuesto, a aquellos que sinceramente lo está buscando. “Dios, que es AMOR, es nuestro Padre. Y porque nos ama, quiere nuestra felicidad. El reino ya está aquí; está en nuestros corazones y viene creciendo y propagándose por el amor. Aprendamos a amar como El nos ha amado y alcanzaremos la Vida Eterna”.

El Reino se anuncia con la vida misma. Seamos portadores de la buena nueva allí donde estemos, por donde nos movamos.


Oremos:

Señor Jesús, dame la fortaleza para proclamarte con mi vida, allí por donde voy, con quien estoy, en todo lo que hago. ¡Que mis obras hablen de ti!

Hazme portador de consuelo para el que sufre, para el que no tiene nada, para el que ha sido abandonado y desahuciado.

Que no me preocupe tanto en lo que debo llevar, como en lo que debo dar. Que acoja generosamente al que sufre, compartiendo y comprendiendo su dolor. Si está en mis manos aliviarlo, Señor, que sea capaz del sacrificio y que no me corra cobardemente.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Lc 8,19-21


Muchas veces anteponemos a nuestras familias para dejar de hacer la voluntad del Señor; encontramos en la supuesta dedicación a ella la mejor excusa para evadir la Voluntad del Padre. Todos podemos tener un familia y tener obligaciones hacia ella, pero nada ni nadie debía ser superior a la Voluntad del Padre, a dejar la vocación de servicio a la que somos llamados y realmente, cuando algo o alguien nos esclaviza a tal extremo, debemos detenernos a pensar, si efectivamente son estos o ellos la razón, la justificación de todo el quehacer de nuestras vidas o es que los estamos usando para justificar nuestro egoísmo, nuestra obsesión o un “amor” posesivo y asfixiante, que entonces ya no es amor a los demás, sino a uno mismo.

No, es que mi madre tal; o es que mi padre o mis hermanos cual…Nada que nos someta a esclavitud, olvidándonos del resto de nuestras obligaciones puede ser bueno. Nosotros hemos sido llamado a ser libres…Como dice San Ignacio, “libres para servir”.

Jesús ha venido a abolir todas las cadenas, incluso estas de la “supuesta familia”. Nada ni nadie puede estar por encima de la Voluntad del Padre. Esta debe ser la que guie todos nuestros pasos. A ella tenemos la libertad de adherirnos o no. Si decimos, “mi familia”, mis hermanos, mi padre o mi madre…ya estamos optando y no necesariamente por Jesús, ni por el Amor, aunque pudiera parecerlo.

Por eso nos suenan tan duras las palabras de Jesús. Él no rechaza a su familia…el señala cual es su obligación, que está por encima de su familia terrena. El tiene obligaciones con todos, deberes asignados por el Padre, que Él debe cumplir.

Oremos:

Querido Señor, danos la capacidad para discernir el amor del egoísmo; tu voluntad de la nuestra y obrar en cada momento en función de este discernimiento, procurando hacer lo que tú nos mandas.

Libérame de toda esclavitud, de toda manía, de todo vicio, de todo pecado, de todo aquello que me ata y me impide actuar según Tu Voluntad.

Dame la fortaleza para anteponer con firmeza Tu Voluntad en cada acto, cada gesto, cada palabra, cada paso de mi vida; que sea esta una muestra de servicio a Ti.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

martes, 23 de septiembre de 2008

Reflexión: Lc 8,16-18


Nuevamente el Señor nos exige dar todo lo que tenemos. Si hemos recibido algo, no es para guardarlo, para atesorarlo egoístamente, sino para darlo generosamente, hasta el último, sin reservarnos nada.

Es otra forma de expresar la misma idea que la parábola de los talentos. El que más tiene, está obligado a dar más. Pero el que menos tiene, también tiene la obligación de dar cuanto tiene. A todos, según su capacidad.

Al que se reserva, por tener poco, por creerse poco, hasta lo poco que tenía o creía ser se le quitará. Estamos llamados a dar el 100 por ciento siempre. Todo lo que tenemos; todo lo que somos. Así de exigente es el llamado.

Oremos:

Señor, permíteme discernir en mi vida lo importante, lo que conduce a ti, lo que me conduce a construir el Reino y dejar todo aquello que solo significa vanagloria, trampas de egoísmo y vanidad.

Que no obre, que no actúe por recibir reconocimiento y honores, porque si no ya habré recibido mi premio; por el contrario, que me empeñe en hacer Tu Voluntad, aun cuando ello podría significar desprestigio y deshonor a los ojos de los hombres.

Que siempre esté dispuesto a defender al humilde, al pobre, al que no tiene nada, al que es objeto de burla y maltrato.

Que mis obras hablen de Ti a mis hermanos. Que sea a Ti a quien vea y pueda animarlos a seguirte.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Reflexión: Mt 20,1-16


Las categorías del Señor no son las nuestras. Todos son llamados en algún momento. Unos más temprano y otros más tarde, per5o para todos el “premio” es el mismo, la paga es la misma. Todo el que hace caso a la invitación y lo sigue, todo el que cambia su vida a partir del momento en que es llamado y se pone a trabajar por el reino, recibirá la Vida Eterna. ¿Qué más podemos desear? ¿Qué más podemos pedir?

¿Nos parece injusto? ¿Por qué si yo lo seguí toda mi vida, aquél que llevó una vida licenciosa y a última hora se arrepiente recibirá lo mismo? Eso nos molesta. Pues debemos aprender a alegrarnos con Jesús por todos aquellos que regresan al redil, que se unen al camino, como Él lo hace.

Si uno de nosotros se pierde, Él sale a buscarlo; si tan sólo logra convencer a uno, por uno sólo, habrá valido el trabajo. Esa es la forma de ver de Cristo, muy distinta a la nuestra.

Entonces, dejémonos de estar juzgando por qué a el tanto, por qué a mi tan poco. Sigamos al Señor, que Él sabrá darnos lo que merecemos al final de los tiempo y lo que tengamos será suficiente para ser felices toda una eternidad.

Oremos:

Señor te pido que apartes de mi mente toda ridiculez y mezquindad, para no andar juzgando a mis hermanos, dando a todos lo más que puedo, aun a esos que me molestan, porque pienso que tienen tanto y no les ha costado.

Que no juzgue…¿Quién soy yo para juzgar?

Que mire la biga que tengo en mi ojo, antes que andarme fijando en la paja del ojo ajeno.

Dame confianza, fe y ternura, para nadar por el mundo reflejándote a Ti. Que seas tú quien brille en mí.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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sábado, 20 de septiembre de 2008

Reflexión: Lc 8,4-15


Tantas cosas en las cuales reflexionar después de esta lectura. Por ahora me quedo con la figura de la Palabra y la Tierra. El Señor nos ofrece la salvación. Pero este es un Camino. No se trata de darnos mágicamente la salvación, quien sabe a través de un milagro, no. Él nos señala el camino, pero está en nosotros el transitarlo o no. Su Palabra –el Camino, la Verdad y la Vida- necesita de nuestra tierra, pero nosotros podemos acogerla, cuidarla, preservarla, mantenerla, procurando que de frutos abundantes o simplemente podemos despreciarla, desecharla, hacer de ella una moda pasajera en nuestras vidas, una cáscara, un barniz o arrojarla a la basura.

Hay dos partes en esta historia de nuestra salvación. La parte que le tocaba a Jesús, se ha cumplido. Él ha dado lo que tenía. La otra parte nos corresponde a nosotros, depende de nosotros…¿La cumpliremos? ¿Acogeremos al Señor y su Palabra o simplemente la haremos de lado y seguiremos por donde se nos antoja, fríos o peor aún, tibios?

Oremos:

¿Señor, qué clase de tierra soy? Hazme ser buena tierra, perseverar hasta lograr frutos en abundancia.

No permitas que me aleje de ti, justificándome y procurando solo mi comodidad.

Hazme firme y fuerte para llevar tu palabra por donde voy. Que brille tu luz en mi.

Dame fuerza de voluntad para perseverar en las buenas y en las malas, que no decaiga ante la primera dificultad, ante la primera tentación. Protégeme de todos tus enemigos. ¡Aparta al cínico y mentiroso Satanás que se acerca a mi vestido de oportunidad, con la única misión de apartarme de ti!

¡Aparta de mí todo vicio, especialmente el de la ociosidad, el de la flojera y la comodidad!


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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viernes, 19 de septiembre de 2008

Reflexión: Lc 8,1-3


Como explica el Padre Manolo en sus reflexiones, hay que ponerse en el tiempo y lugar. Cuando Lucas habla de estas mujeres, está hablando de las excluidas de la sociedad, de las menospreciadas. No era fácil estar caminado y exhibiéndose por ahí con mujeres y algunas de las que Cristo había curado habían tenido dudosa reputación. Pero el Señor es así. Rompe los esquemas y las formas tradicionales de obrar. Sus categorías son otras; no son las mismas que las nuestras. Lo que era aceptado y correcto para los hombres de prestigio de aquél entonces, no era lo que determinaba su proceder. Él va más allá; para el está primero la dignidad del ser humano y no el qué dirán.

¡Qué lección! Cuantas veces nosotros evitamos juntarnos con este o aquél, por no mancharnos, por no malograr nuestra reputación. ¿Cuánto remecería este hombre las bases de su sociedad, caminando con borrachos, cobradores de impuestos, pecadores, prostitutas? Lo debían tener entre ceja y oreja.

¿Quién podía ser este que encima de andar con gentuza se decía hijo de Dios?

¿A cuántos Cristos estaremos ahora juzgando y condenando simplemente porque no andan con los nuestros, porque no hacen lo que aprobamos, porque se juntan con la escoria de nuestra sociedad o con los pobres y humildes, con los excluidos?

Oremos:

Señor dame un corazón humilde, para seguirte sin vanagloria.

Dame fortaleza para no doblegarme ante el cansancio y la monotonía de la rutina diaria. Para dar testimonio de Ti, aun en aquellos momentos en los que el cansancio y la fatiga parecieran vencerme.

No me dejes solo, no me abandones, aun cuando mi obrar a veces te avergüence y decepcione. Permíteme hacer siempre un último esfuerzo por seguirte, hasta el fin.

¡Sé mi piloto; mi piloto automático!

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Reflexiones de HOY