Roguemos al Señor - últimas reflexiones

Aldila - Oficial

domingo, 19 de abril de 2009

Reflexión: Jn 20,19-31

Jn 20,19-31

Todos estos versículos finales de los evangelios están marcados por el desconcierto y depresión en que cayeron los discípulos de Jesús, tras su muerte en la cruz. Lo ocurrido los llevó a caer en la incredulidad. Uno tras otro se suceden estos episodios en que manifiestan su incertidumbre. No llegaban a entender lo que había ocurrido, de lo cual ellos había sido testigos de excepción.

Jesús tiene que hacerles notar una y otra vez que era Él, y que todo había ocurrido conforme se había dicho en las escrituras y conforme él mismo se los había comunicado. Estaban en shock, anonadados, obnubilados. Necesitaban que alguien viniera y los sacara del estado de ensimismamiento, de enclaustramiento en el que habían caído. Esta fuerza sería, finalmente, la del Espíritu Santo.

Como que todos estaban a la espera de esta gran confirmación. Tomás es el más elocuente al respecto. Es que ellos habían esperado un Rey a nuestro estilo, un rey de este mundo, que derrotara militarmente a los romanos y que usando de todo su poder les diera una lección a quienes osaran amenazarlo, no digamos crucificarlo.

Pero nada en esta historia se hizo a nuestro modo. Y si leemos estos acontecimientos con ayuda del Espíritu Santo, tal vez lleguemos a comprender que fue mejor así. Que este fue el Plan que ideo Dios mismo para salvarnos, y que solo así sería posible derrotar al pecado y a la muerte, nuestros más grandes enemigos. Y una vez trazado el Camino por Jesús, solo cabe esperar que todos lo transitemos libremente, propagando entre nuestros hermanos el secreto.

Si habremos de salvarnos será acogiendo LIBREMENTE el Camino y la Palabra del Señor. Dios, que es nuestro Padre, envió a Su Hijo amado a enseñarnos el Camino. Nadie nos obliga. Así, la condenación o la salvación están en nuestras manos. El Camino es el Amor. Esta es la Verdad que todos nuestros hermanos deben conocer. Y los que la conocemos, tenemos la OBLIGACIÓN de propalarla, de hacerla conocer a los demás. ¿Cómo? Mediante el ejemplo, en cada instante, cada segundo de nuestras vidas. Así seremos dignos de alcanzar Sus Promesas.


Oremos:

Señor danos la fortaleza para perseverar siempre en el amor, más allá y por sobre todas las cosas. No permitas que flaqueemos, que dudemos, ni retrocedamos. Y si en algún momento caemos, danos el valor para reconocerlo, levantarnos y volver por el Camino.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

sábado, 18 de abril de 2009

Reflexión: Mc 16,9-15

Mc 16,9-15

¿Qué más? ¿Más claro? El agua.

El Señor está cerrando su predicación…su presencia como hombre, como Hijo de Dios entre nosotros. Todo lo que ha hecho y nos ha mostrado tiene sentido. O quizás debiéramos decir que lo tendrá, si nosotros hacemos lo que Él nos pide, lo que nos ordena: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”.

Tenemos un mandato. Como dijeron nuestros obispos en la V Conferencia General del Episcopado, en Aparecida: “No tenemos otro tesoro que este. No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante todas las dificultades y resistencias.”

Resistencias las ha habido siempre. Ya vemos que a sus mismos discípulos Cristo “les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado.” Pero creo que la principal resistencia está en nosotros mismos, que no queremos comprometernos, que no queremos incomodarnos. Y es que vivimos en el engaño permanente, pensando que todo puede pasar suavemente por nuestras vidas, sin “hacer olas”, sin jugárnoslas. Pero eso es mentira. Tarde o o temprano llegan las dificultades y finalmente la muerte, y si no hemos llevado una vida digna, en la que hayamos puesto en juego todos los dones recibidos, Jesús nos escupirá por tibios.

Es que podemos vivir como el avestruz, escondiendo la cabeza y pretendiendo que nada pasa, que nada nos toca, que nada nos incumbe, pero tarde o temprano llega la hora de dar cuentas y entonces será demasiado tarde. Tenemos que llegar a comprender que la vida sólo tiene sentido, cuando somos capaces de darla por los demás. El que trata de conservarla y preservarla para sí, en realidad la pierde. Para dar frutos la semilla tiene que morir…

Nos cuesta entender la vida y el sentido de ella. Sin embargo tenemos tantos ejemplos en nuestra propia vida de felicidad. Detente un momento y revisa sinceramente: ¿No has sido feliz cuando has podido dar algo de ti, algo que te ha costado? ¿No es la felicidad de los que quieres la que te hace a ti feliz? Pues he ahí una muestra.

Camina haciendo el bien y procura solamente prodigar felicidad a los demás, aunque te vaya la vida en ello. Comparte generosamente lo que tienes; esfuérzate un poco por llenar las vidas de los demás, no la tuya. Da, sin mirar a quién. Solamente da. Recuerda que tienes una misión y que tal como nos lo dijeron nuestros obispos en Aparecida “no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana.”

Finalmente, nos recuerdan los obispos, “el discípulo misionero ha de ser un hombre o una mujer que hace visible el amor misericordioso del Padre, especialmente a los pobres y pecadores.”



Oremos:

Señor ayúdame a ser un verdadero emisario tuyo, a llevar la buena nueva por donde voy, con hechos, no con palabras. Que viva y me comporte cristianamente, SIEMPRE.

Quiero ser discípulo tuyo y no guardarme nada para mí. ¡Sacúdeme de esta modorra, esta tibieza, esta mediocridad! ¡Quítamela de encima, para que sea digno de llamarme hijo tuyo!


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Jn 21,1-14

Jn 21,1-14

El Señor viene a nosotros y nos dice lo que debemos hacer; dónde debemos pescar. Sin embargo nosotros no siempre estamos dispuestos a verlo y somos tan necios que no hacemos lo que nos dice. No aceptamos su palabra, dudamos de ella, nos resistimos a comprenderla…queremos interpretarla, cuando el es tan claro. Pero como siempre, no hay peor ciego que el que no quiere ver…Y la verdad es que no queremos ver lo evidente, porque nos incomoda, porque preferimos seguir haciendo lo que queremos, como queremos y donde queremos. Y sin embargo nos llamamos cristianos. Queremos acomodar todo a nuestra conveniencia y como no siempre lo logramos, entonces nos decimos que no entendemos lo que nos quiere decir…¡Claro! No queremos entenderlo, porque lo que a lo mejor nos está diciendo es que dejemos de hacer lo que estamos haciendo y que hagamos lo correcto, lo que debemos hacer.

Ahora, no es casual que los discípulos estén pescando y que entonces el les diga dónde deben echar la red para recoger abundante pesca. Hay que recordar que cuando Jesús llama a Pedro, su hermano y los que estaban con él, les dice: “Venid conmigo y yo os haré pescadores de hombres”. Esto no es sanscrito…No se trata de un lenguaje oculto que todos debemos tratar de comprender e interpretar para aplicarlo a nuestras vidas. Es mucho más sencillo que eso. No tenemos que darle tantas vueltas, ni pasarlo por veinte tamices, hasta que calce con lo que yo quiero. Se trata de hacer lo que el quiere, lo que el nos pide y donde el nos indica: entonces tendremos éxito, como los discípulos en esta escena del evangelio.

¡No interpretes! ¿Qué es lo que quiere Jesús? Quiere hacernos pescadores de hombres. ¿Qué quiere decir eso? Obviamente no vamos a empezar a seguir a todo el mundo con un anzuelo de los que se usa para pescar, eso sí sería pura demencia. Se trata de llevarlos, de atraerlos a Jesús. De mostrarles el Camino, la Verdad y la Vida. Mostrarles a Jesús tal como nosotros lo hemos conocido e invitarlos a seguirlo. Pero esto no se muestra con palabras…se muestra con actos, con hechos. Lo tenemos que mostrar con nuestra vida misma. ¿Cómo? Muy sencillo: amando. No importa donde estés, con quien te toque estar y lo que estés haciendo: ¡Ama! Como diría San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”.

¿Qué quiere decir esto? Que si eres bombero, soldado, oficial, profesor, futbolista, abogado, ama de casa, hermano, juez, burócrata, congresista, monja o presidente, desde que empieza el día, hasta que termina, en cada uno de tus actos debes manifestar amor al prójimo, es decir a aquél que siempre u ocasionalmente está contigo. Si tú das siempre este testimonio de amor, estarás obrando cristianamente y atraerás con tus actos a los demás, estarás pescando. Y si estás atento a las indicaciones del Señor, el te dirá donde echar la red para que tengas una pesca abundante y así, los resultados de tus acciones rendirán con creces.

Así, no es tan difícil entender a Jesús…¿No te parece? Lo difícil es amar…amar siempre y a todos. Siempre tenemos la tentación de jalar agua para nuestro molino. Siguiendo el ejemplo de la pesca, es como si teniendo un “patrón” para el que trabajamos –Jesús-, que es tan generoso que siempre nos dará lo que necesitamos y en abundancia, a pesar de saber ello, quisiéramos guardarnos, escondernos unos peces para nosotros…¿Por qué habríamos de hacerlo, sino por ambición desmedida, por egoísmo, por mezquindad o por estupidez? Sin embargo, muchas veces obramos así…



Oremos:

Señor perdóname por las veces que he sido mezquino contigo, procurando hacer mi propia pesca, llevando agua para mi molino, pretendiendo “hacerme el loco”, cuando conozco perfectamente cuál es tu voluntad y cuál es mi misión.

Dame la valentía, el coraje para amar siempre a todos, sin distinción. Guía mis actos…empújame, si es preciso. ¡Quiero servirte siempre, pues sé que no hay mejor misión, ni mejor tarea que estar a tus órdenes, siempre!



Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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jueves, 16 de abril de 2009

Reflexión: Lc 24,35-48

Lc 24,35-48

Apareciendo nuevamente entre sus discípulos, con el saludo de la paz y pidiéndole algo de comer, Jesús trata de acabar con el desconcierto entre ellos, centrarlos y encaminarlos nuevamente en su misión. Todo lo que ha ocurrido ha sucedido como estaba escrito y, algo que es sumamente importante: ustedes son testigos de estas cosas.

Un testigo está llamado a dar testimonio. El Señor nos compromete a eso. Ustedes saben, ustedes conocen, porque lo han visto…están llamados a darlo a conocer, a testificar, a llevar la Buena Nueva, a evangelizar. Este es un mandado, es nuestro DEBER. Como dice el documento de nuestros obispos en Aparecida: NO ES OPCIONAL.

Esto quiere decir, en mi modesto entender, que por ello seremos juzgados, que de eso se nos pedirá cuentas; que de esta forma podemos dar muestra concreta de amor, es decir si con nuestros actos EVANGELIZAMOS. ¿Y cómo podemos evangelizar al mundo con nuestros actos? Pues siendo verdaderos cristianos…Y, ¿Qué hace un verdadero cristiano? ¿Cómo se puede reconocer a un verdadero cristiano? No por lo que dice, ciertamente, si no por lo que hace.

Un verdadero cristiano es un hombre de paz. Un hombre que lleva y da la paz, tal como lo hizo el Señor. No es por costumbre o un mero modismo, que Jesús saluda de este modo a sus discípulos a penas los ve: “La paz con vosotros”. Es que para quien ha comprendido el mensaje, para quien ha sido testigo de todo esto que el Señor resume con las siguientes palabras: “Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’”. Para quien ha entendido el mensaje del Señor, decía, no puede haber sino paz; la paz de quien ha resuelto todos los nudos, de quien ha encontrado por el fin el Camino, de quien ha encontrado explicación y sentido a la Vida. Es Cristo, su vida, muerte y resurrección quien da sentido a nuestras vidas…Quien ha sido testigo, y quien realmente lo ha comprendido, deber tener la paz del Señor y debe darla.

Tener la paz del Señor y darla implica hacer un alto en el camino, hacer una reingienería total a nuestras vidas y mirar el mundo con otros ojos. Implica poner primero el amor. Esto quiere decir, empezando desde este momento, desde este segundo, poner a nuestros hermanos en primer lugar y vivir para dar antes que para recibir. Dar, amar, quiere decir desprenderse. Es cambiar totalmente el eje central de nuestras vidas y por ende, todos nuestros planes y proyectos. Es vivir hoy y cada día como un verdadero cristiano, y esto sólo se logra si cada día, a cada instante, todo el tiempo amas. ¿Cómo? ¿A quién? Empezando por quien está a tu lado y siguiendo con cada creatura que vayas encontrando en este tu día. Todos tienen que saber de Cristo. La noticia es urgente, es prioritaria, no puede esperar. La darás a conocer no con bonitas y rebuscadas palabras, sino con tu vida, con tus actos, con tus actitudes, con tu proceder cotidiano, a cada instante.


Oremos:

Señor ayúdame a caminar por este mundo siendo tu testigo. Dame el valor para anunciarte en cada uno de mis actos, con cada gesto, desde que amanece hasta que termine el día. Que vaya derramando paz y amor por donde pase. Que no necesite abrir la boca para que te reconozcan y si en todo caso habré de hacerlo, que sólo sea para proclamarte. ¡Dame tu paz y tu amor!


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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miércoles, 15 de abril de 2009

Reflexión: Lc 24,13-35

Lc 24,13-35

Son nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestras acciones, las que deben permitir conocernos, las que deben distinguirnos, más que nuestras palabras. Esto les pasó a los discípulos de Emaus. No pudieron reconocer a Jesús que caminaba con ellos, ni si quiera cuando venía explicándoles tan detalladamente las escrituras…Fue tan solo al partir el pan que finalmente lo vieron.

¿Cuál es la lección? Creo que es obvio que si queremos que nos reconozcan, que sepan quienes somos, qué somos, a quién seguimos, lo que decimos debemos acompañarlo de gestos y acciones reales. No basta hablar, aunque las palabras sean sabias y digan verdad. Lo importante es que estas palabras estén acompañadas por acciones coherentes, imitables, que lleven a la conclusión que no hay duda, que hacemos lo que predicamos. De otro modo, todo puede quedar en pura palabrería hueca, de aquella que viene el viento y se lleva.

Me parece importante que lo reconozcan, lo reconozcamos y nos reconozcan por estas dos cosas: bendecir el pan…es decir agradecer a Dios por todo lo que recibimos de palabra y de obra, porque acto seguido, lo compartió…se los dio. Eso es lo que espera el Señor de nosotros: que sepamos agradecer y compartir. Compartir siempre…por más poco que nos parezca tener. Nadie tiene tan poco que no tenga algo que compartir…y el que comparte, recibe de Dios con creces lo que dio.

Debemos ser generosos y solidarios. Generosos, dando no de lo que nos sobra, sino de aquello que incluso nos hace falta, poniendo primero a los demás. Poniendo a nuestro prójimo antes que nosotros. Lo que voy a comer, primero lo fracciono y luego lo reparto. No primero veo cuanto hay, saco mi parte y lo que sobra lo entrego. ¡No! Sin embargo eso es lo que hacemos siempre ¿o no?


Oremos:

Señor dame un corazón generoso como el de Jesús, que no piense primero en mi satisfacción, en saciarme para después repartir lo que me sobra…Que por el contrario, este siempre dispuesto a compartir lo que tengo, aun antes de hacer ningún cálculo. Si lo tengo, es de cuantos están conmigo y si no hay nadie, voy y los busco, los acompaño, estoy con ellos, los escucho…y sobre todo, comparto.


Roguemos al Señor…

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martes, 14 de abril de 2009

Reflexión: Jn 20,11-18

Jn 20,11-18

Esta vez nos encontramos ante el encuentro de una desconcertada María Magdalena con Jesús Resucitado, narrado por Juan. Me llama la atención como a veces no queremos ver lo evidente. Nuestra incredulidad nos ciega. No me explico de qué otro modo María pregunta a los ángeles por Jesús y no se da cuenta que son ángeles, y que por lo tanto estaba en presencia de algo extraordinario. Incluso inicialmente tampoco es capaz de ver a Jesús. Es solo una vez que Jesús habla por segunda vez diciendo el nombre de María, que recién ella cae en cuenta que hablaba con el mismo Jesús.

Nos desconcertamos, no lo podemos creer. Eso nos pasa ante semejante honor. ¿Quién somos nosotros para que Jesús muera por nosotros? ¿Quién para que resucite y venga y nos llame por nuestro nombre? Y sin embargo Jesús a muerto y resucitado por nosotros, sellando definitivamente la alianza con nuestro Padre. Por eso dice: “vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”.

Las palabras del Señor tienen definitivamente otro acento. Estamos frente al Cristo Resucitado. Todo ha cambiado. Se ha inaugurado una nueva etapa. El Universo es otro. Hemos sido definitivamente, eternamente Reconciliados con nuestro Padre. Jesús ha sido el puente. Jesús nos ha rescatado. Jesús ha ganado para nosotros un espacio a su lado, como sus Hermanos. Nos ha convertido den Herederos del Reino.

¿Por qué? ¿Qué merecimiento hemos hecho? ¿Cuál de nuestras acciones o actitudes a valido tal distinción, tal sacrificio, tal premio? ¡Ninguna! ¡Esa es la más grande lección, que no alcanzamos a comprender, que nos resistimos a entender, a aceptar! Todo ha sido hecho por Amor. Así de simple. Él nos ha amado primero, antes que abriéramos la boca, antes que existiéramos…Él nos amó desde siempre, y quiere que nos reunamos con él. Eso es lo que Él quiere, eso es lo que Él nos propone..Y, tú ¿qué quieres?


Oremos:

Señor mío Jesucristo, gracias por tanto amor. Gracias por todo lo que me haz querido dar. Gracias por todo. Soy indigno de tanto, sin embargo, con tu ayuda puedo tratar de alcanzar algún merecimiento…puedo tratar de llevar una vida más justa, más comprometida con mis hermanos, para que ellos te conozcan y gocen de la misma alegría que tu ahora me das a conocer. Una palabra tuya bastará para salvarme.

Roguemos al Señor…

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lunes, 13 de abril de 2009

Reflexión: Mt 28,8-15

Mt 28,8-15

Para disipar toda duda Jesús se presenta a las mujeres que habían ido a ver su tumba y no lo habían encontrado y les da un importante mensaje: “No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. El triunfo definitivo sobre la muerte había sido sellado…

Sin embargo, como ocurre en todo crimen, los que lo habían consentido y cometido estaban dispuestos a sostener lo que habían hecho, aun por sobre las evidencias. Testarudamente tratan de ocultar la verdad, de distorsionar los hechos, comprando voluntades y conciencias…y, así lamentablemente lo logran. No causan efecto para siempre, ni con todos, porque la verdad siempre termina por imponerse y triunfar. Pero es notable como la maldad siempre encuentra aliados, gente dispuesta a colaborar. Es claro, viven en la sombra, en la oscuridad, donde obtienen pingües ganancias y privilegios, que no están dispuestos a perder, así que, si es preciso están dispuestos a sobornar a quien sea, con tal de mantener su situación. Y lo peor es que con el tiempo ellos mismos se llegan a creer sus mentiras.

¿Cuántas veces con nuestros actos, con nuestro proceder, nos convertimos en cómplices de estos cínicos, mentirosos? ¿Cuántas veces nuestra actitud, nuestras obras comunican a nuestros hermanos que no hay esperanza, que la muerte, la mentira, el crimen, el temor y la persecución han triunfado sobre la verdad?

¿Somos portadores de la Buena Nueva? ¿Somos portadores de esperanza? ¿Llevamos alegría a los corazones de los que sufren? ¿O somos más bien de los tremendista, de los derrotistas, de los pesimistas que nunca encuentran salida a nada, que creen que todo está perdido, que no hay nada que hacer?


Oremos:

Señor, ayúdanos a cambiar, a luchar contra nuestro carácter siempre negativo y triste. Ayúdanos a ser portadores de la Buena Nueva de la Resurrección. Que nuestra presencia baste para dar ánimos a quienes se siente afligidos, derrotados, acabados. Que seamos portadores de paz, de tú paz y de una alegría verdadera, basada en el triunfo definitivo de la vida sobre la muerte, en el perdón de nuestros pecados y en la salvación eterna.



Roguemos al Señor…

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domingo, 12 de abril de 2009

Reflexión: Mc 16,1-7

Mc 16,1-7

Tal como debía suceder, fueron a su tumba y no lo encontraron. Hasta ese momento todo era desolación entre los discípulos. Podemos imaginarlos sumamente deprimidos, preguntándose seguramente qué podrían haber hecho y tratando de olvidar todo aquello que Jesús les había dicho tantas veces sobre su resurrección. Jesús estaba muerto y no había nada que hacer. Habían muchos misterios en su vida…Las cosas que había hecho fueron realmente asombrosas…Pero ¿quién podía contra la muerte? Todo parecía un capítulo cerrado. Una experiencia extraordinaria, ciertamente, como la del Mar Rojo o el Maná del Cielo, que habría de recordarse por siglos, pero que allí había terminado.

Todavía seguían especulando, seguramente, sobre quién había retirado de su tumba el cuerpo de Jesús. Pero este joven con túnica blanca viene a inquietarlos con unas palabras que todavía les costaba entender. No podían creerlo…¿Quién era este joven? Y, qué es eso de “que Él irá antes que vosotras a Galilea; allí lo veréis, como Él os lo había dicho”.

El corazón debió saltárseles hasta la boca. Estaban en presencia de algo extraordinario. Algo que no había pasado antes, ni volvería a pasar jamás. Su intuición se lo venía diciendo…No podía ser otra cosa. ¿Será que Resucitó?

Este es el gran misterio que confirma nuestra fe. Jesús, Hijo del Padre, salió triunfante sobre la muerte, tal como tantas veces antes lo había dicho. No hablaba en sentido figurado; no había que hacer interpretaciones al respecto. Sólo había que creerle. Y creerle todo. Seguirlo hasta el fin. El Camino estaba trazado. Las puertas del Cielo se abrieron también para nosotros. Dios nos espera con los brazos abiertos. Él, que nos amó primero, nos ha perdonado. La vida y la muerte ahora tienen sentido.


Oremos:

Padre Santo, te bendecimos y adoramos, que por tu inmensa Gracia quisiste que tu Hijo bien amado fuera entregado, muerto y sepultado para el perdón de todos nuestros pecados, y que resucitara redimiéndonos de toda culpa y ganando para nosotros un lugar a tu lado.



Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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viernes, 10 de abril de 2009

Reflexión: Jn 18,1—19,42

Jn 18,1—19,42

Todo ocurre conforme estaba escrito, hasta el último suspiro. De nada se retracta y muere sólo y abandonado por todos. Luego de haberlo visto tantas veces antes escabulléndose, evadiendo a cuantos quería atraparle y ajusticiarlo, llegada la hora, está ahí, cargando con su cruz, hasta la muerte.

¿Qué fue de todos los que había curado? ¿Qué de todos cuanto le habían oído y creído? ¿Qué fue de las muchedumbres que le seguían? ¡Hasta Pedro, el discípulo al que tantas veces antes había distinguido Jesús, el que tantas veces había proclamado que lo seguiría a donde fuera, hasta él lo abandono…! ¡No sólo lo abandono, sino que incluso lo negó!

Entre sus discípulos, entre sus más allegado estuvo el que lo traicionó. ¿Qué ocurrió? ¿Cómo fue que todos cambiaron hasta el extremo de mostrar tal grado de desamor e indiferencia, cuando no odio? Razonablemente no lo puedo explicar. Tal vez todos se acobardaron como nos sucede tantas veces, cuando sentimos que llevamos las de perder. O quizás se cansaron de esperar una respuesta enérgica, fulminante de Jesús. Si había mostrado tanto poder sobre las enfermedades, sobre las fuerzas naturales, incluso sobre la muerte…¿por qué no vencía a sus enemigos o se libraba de ellos? ¿Bastaría con un chasquido de sus dedos para vencerlos y atraería a todo el mundo tras Él de nuevo y quizás con más fuerza, pues se habría impuesto finalmente como el Rey de los Judíos que todos esperaban, aquél que los libraría de la opresión Romana.

Pero no. Jesús desconcierta a todos. A Judas, que termina por entregarlo; a Pedro que lo niega tres veces; al pueblo que pide que lo crucifique; a Pilatos, que no encuentra culpa en él…

Es que Jesús es el Rey de un Reino que no es de este mundo y en el que sin embargo todos estamos invitados a participar.


Oremos:

Señor, no soy digno que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.



Roguemos al Señor…

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jueves, 9 de abril de 2009

Reflexión: Jn 13,1-15

Jn 13,1-15

“…sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía…” Todo se había cumplido y llegaba el momento de culminar su Misión. Cuanto más se acerca la hora, uno que va siguiendo paso a paso lo que viene ocurriendo con Jesús, no puede dejar de preguntarse por qué. ¿No había otra salida? Cuando tratamos de ponernos en su lugar, no deja de martillarnos buscar el modo de evadir este final. El panorama que vemos por delante es angustiante y doloroso. No podemos evitar estos sentimientos, acompañados de ansiedad…¿Hasta dónde? ¿No podía ser de otro modo? Jesús sabe que no, aunque nosotros no lo comprendamos.

Nos amó hasta el extremo, sin medida, sin límite. Más allá, imposible. ¿Qué más se puede hacer que entregar la vida misma? ¡Y en qué forma! No acudió a cualquier método que le hubiera podido causar la muerte instantánea y sin dolor…Como si fuera poco, se sometió a toda clase de maltratos y humillaciones, insultos y vejaciones, sin juicio alguno, más allá que el reclamo de la turba, fue entregado para que se ensañaran con Él.

Todo esto tenía que pasar para que creamos que es verdaderamente el Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador. Todavía queda tiempo para un gesto más y mientras puede, no duda en realizarlo. Toda su vida había estado al servicio de los demás y es lo que reclama de nosotros, que le sigamos, que hagamos como Él, que sigamos el ejemplo. Siendo el primero, el más importante, no tiene ningún reparo en desarrollar el oficio más humilde, como es el de lavarles los pies a sus discípulos. Este gesto entraña un profundo simbolismo, que va más allá del hecho, de por sí, humillante. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a tener esta atención con nuestros sirvientes, con nuestros empleados? ¿No estamos siempre esperando que más bien nos sirvan, que nos atiendan, que se desvivan por tratarnos bien? ¿Normalmente no esperamos el comportamiento contrario? Eso es lo que reclama Pedro…¿Cómo Tú me vas a lavar los pies a mi?

Pero aun sin entenderlo, a Pedro le bastaron las palabras de Jesús. Si Tú lo dices, ha de ser así…Me someto. Pero no es el lavado en sí lo que es necesario, por eso el Señor le responde a Pedro, que está dispuesto a que lo laven todo. “El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos”. Lo importante aquí es el servicio, la disposición. El que manda, el que dirige, el que lidera, el que sabe, debe estar al servicio de los demás. No reclamemos privilegios, antes bien, estemos atentos a las necesidades de los demás, los más pobres, los más humildes.



Oremos:

Señor dame esa sencillez, esa humildad para servirte en cada momento de mi vida. Que no me ponga a esperar que me atienda mi mujer, mi hijo, mis amigos…sino que por el contrario esté atento a sus necesidades y procure servirlos con cariño, con amor, aun en lo más simple, en lo más insignificante y sencillo.



Roguemos al Señor…

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miércoles, 8 de abril de 2009

Reflexión: Mt 26,14-25

Mt 26,14-25

El evangelio de Mateo nos pone nuevamente frente a la última cena y la traición de Judas. Pero me parece más importante notar que todo se cumplía conforme estaba escrito. Esta era la Voluntad del Padre y había que llegar al final, pues era la única forma de salvarnos. No había otra. Creo que es algo en lo que tenemos que meditar…No comprendemos el misterio del sacrificio de la cruz, sin embargo no es algo que ocurre en forma fortuita…Dios en su infinita sabiduría determinó que no había otra forma, otro camino a través del cual podríamos llegar finalmente a entender quien era Jesús, quien era el mismo –Dios Padre- y para que había venido. Toda su vida, incluyendo su sacrificio en la cruz tienen sentido, y con su resurrección están orientados a enseñarnos que es posible vivir en el amor, que existe un amor sin límites y que nosotros somos capaces de adherir libremente a él…que hay un Camino trazado para nuestra salvación, que hay una esperanza y que esta ha sido abierta por Cristo Jesús, el Hijo amado, el Hijo Único de Dios Padre.

La condenación viene para todos aquellos que libremente escogemos traicionarlo, venderlo por unas cuantas monedas. Como Judas, ¿cuántos de nosotros traicionamos nuestros principios, dejamos pasar las cosas, consentimos el pecado, solamente por mantener nuestra comodidad, nuestro bienestar egoísta? Cuatro reales son suficientes para que pongamos en juego la vida eterna y la perdamos.

Eso es lo que tenemos que entender. Dios Padre nos ha hecho libres y ha querido que sigamos siéndolo. Por medio de su Hijo Jesucristo, nos ha propuesto un Camino, el Camino de la Verdad, la Luz y la Vida…Pero somos libres de seguirlo. Nuestra condenación está precisamente en que conociendo -como Judas- el Camino, no siempre fácil, no siempre exento de dolor y sufrimiento, preferimos andar en la sombra, allí donde todo PARECE acomodarse a nuestro favor. Somos capaces de cualquier cosa con tal de no llegar al sacrificio por nadie, por más mínimo que este sea. Vivimos solo para nosotros y si en algún momento damos, es de lo que nos sobra o es porque nos conviene que así sea, porque satisfechos algunos de los que nos rodean, nos tratarán mejor, lograremos más…No sabemos lo que es dar, y mucho menos comprendemos lo que significa la donación total de nuestras personas, sin esperar nada a cambio…eso es el verdadero amor, eso es lo que Cristo nos enseña.

Este camino de amor es el que Dios pactó con la humanidad desde el antiguo testamento. Por eso hoy, todo tiene que cumplirse, exactamente como fue planeado, pues Jesús tendrá que llegar hasta el fin, para que nosotros comprendamos, solamente así podrá salvarnos. De allí que no importe quien era “fulano”. Quien fuera, consentiría en aceptar que Jesús llegara a celebrar la Pascua con sus discípulos. Así tenía que ser.


Oremos:

Señor permite que por el misterio de la cruz lleguemos a la comprensión del infinito amor que nos tuviste desde siempre, y que hagamos de nuestra vida una permanente donación a los demás. Que busquemos aliviar las penas de nuestros hermanos, antes que las nuestras. Alegrarles el día con una palabra, con un gesto y llegado el momento, con una obra. Que todo esto lo hagamos por ti, sin escatimar esfuerzo ni sacrificio alguno. Que comprendamos que solo tiene sentido una vida cuando se dedica completamente al amor. Y el amor no tiene límites…no tiene horario, ni mejor ocasión, ni mejor lugar, ni descanso…



Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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martes, 7 de abril de 2009

Reflexión: Jn 13,21-33.36-38

Jn 13,21-33.36-38

Hay cosas que tienen que pasar de todas maneras, nos guste o no. Frente a ellas, lo mejor es adoptar una posición ecuánime, serena. “Al mal paso, darle prisa”, como se dice. Aunque los discípulos no pueden comprender muy bien lo que ocurrirá, el Señor sabe qué es lo que sigue a estos momentos y sabe que no será nada grato, por el contrario, será humillante y doloroso. Traicionado por uno de los suyos, “el que tenía la bolsa”, el “tesorero” y negado por el que parecía su más sólido seguidor. Debilidad y miseria humanas. Pese a ellas y aún conociéndola o quizás debíamos decir, precisamente por ellas, el Señor sabe que tiene que seguir hasta el fondo, hasta el final, aun cuando tenga que ir solo, aun cuando sea abandonado por todos…Tendrá que llegar hasta la muerte…Pero no una muerte, rápida como muchos la deseamos, sino que habrá de pasar por maltratos, escupitajos, empujones, desprecio y humillación. Lo llevarán de aquí para allá, lo zarandearán y tendrá que llevar su propia cruz, la cruz en la que finalmente, luego de la tortura de la crucifixión, entregará su Vida al Padre.

Eso es lo que está viviendo Jesús en este momento, pero no se corre. Y tampoco hay visos de desprecio por sus discípulos, aun anticipando su cobardía. Es que sabe que todo esto tiene que pasar, para que se cumplan las escrituras, tal como lo venía anunciando en toda su predicación. El es nuestro Salvador, nuestro Redentor. Sabe así mismo, que luego contaremos con la fortaleza del Espíritu Santo, porque Dios es Uno y Trino. Porque luego de su tiempo, vendrá y habitará entre nosotros el Espíritu Santo. El nos dará la fuerza, la sabiduría y el valor para seguirle, por eso dice: “Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde”.



Oremos:

Señor aparta de nosotros todo mezquindad, haznos comprensivos y no permitas que juzguemos a nuestros hermanos, antes bien, que procuremos siempre el bien, a ejemplo tuyo.

Que estemos siempre dispuestos a compartir lo mejor que tenemos con los más necesitados y también con tus misioneros, que a veces, de dar tanto, no se han guardado nada para sí y requieren de un descanso, de un alivio, de una palabra amable, de un gesto de cariño, de comprensión y amor. Son humanos como nosotros…a veces lo olvidamos.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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