Roguemos al Señor - últimas reflexiones

Aldila - Oficial

jueves, 16 de abril de 2009

Reflexión: Lc 24,35-48

Lc 24,35-48

Apareciendo nuevamente entre sus discípulos, con el saludo de la paz y pidiéndole algo de comer, Jesús trata de acabar con el desconcierto entre ellos, centrarlos y encaminarlos nuevamente en su misión. Todo lo que ha ocurrido ha sucedido como estaba escrito y, algo que es sumamente importante: ustedes son testigos de estas cosas.

Un testigo está llamado a dar testimonio. El Señor nos compromete a eso. Ustedes saben, ustedes conocen, porque lo han visto…están llamados a darlo a conocer, a testificar, a llevar la Buena Nueva, a evangelizar. Este es un mandado, es nuestro DEBER. Como dice el documento de nuestros obispos en Aparecida: NO ES OPCIONAL.

Esto quiere decir, en mi modesto entender, que por ello seremos juzgados, que de eso se nos pedirá cuentas; que de esta forma podemos dar muestra concreta de amor, es decir si con nuestros actos EVANGELIZAMOS. ¿Y cómo podemos evangelizar al mundo con nuestros actos? Pues siendo verdaderos cristianos…Y, ¿Qué hace un verdadero cristiano? ¿Cómo se puede reconocer a un verdadero cristiano? No por lo que dice, ciertamente, si no por lo que hace.

Un verdadero cristiano es un hombre de paz. Un hombre que lleva y da la paz, tal como lo hizo el Señor. No es por costumbre o un mero modismo, que Jesús saluda de este modo a sus discípulos a penas los ve: “La paz con vosotros”. Es que para quien ha comprendido el mensaje, para quien ha sido testigo de todo esto que el Señor resume con las siguientes palabras: “Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’”. Para quien ha entendido el mensaje del Señor, decía, no puede haber sino paz; la paz de quien ha resuelto todos los nudos, de quien ha encontrado por el fin el Camino, de quien ha encontrado explicación y sentido a la Vida. Es Cristo, su vida, muerte y resurrección quien da sentido a nuestras vidas…Quien ha sido testigo, y quien realmente lo ha comprendido, deber tener la paz del Señor y debe darla.

Tener la paz del Señor y darla implica hacer un alto en el camino, hacer una reingienería total a nuestras vidas y mirar el mundo con otros ojos. Implica poner primero el amor. Esto quiere decir, empezando desde este momento, desde este segundo, poner a nuestros hermanos en primer lugar y vivir para dar antes que para recibir. Dar, amar, quiere decir desprenderse. Es cambiar totalmente el eje central de nuestras vidas y por ende, todos nuestros planes y proyectos. Es vivir hoy y cada día como un verdadero cristiano, y esto sólo se logra si cada día, a cada instante, todo el tiempo amas. ¿Cómo? ¿A quién? Empezando por quien está a tu lado y siguiendo con cada creatura que vayas encontrando en este tu día. Todos tienen que saber de Cristo. La noticia es urgente, es prioritaria, no puede esperar. La darás a conocer no con bonitas y rebuscadas palabras, sino con tu vida, con tus actos, con tus actitudes, con tu proceder cotidiano, a cada instante.


Oremos:

Señor ayúdame a caminar por este mundo siendo tu testigo. Dame el valor para anunciarte en cada uno de mis actos, con cada gesto, desde que amanece hasta que termine el día. Que vaya derramando paz y amor por donde pase. Que no necesite abrir la boca para que te reconozcan y si en todo caso habré de hacerlo, que sólo sea para proclamarte. ¡Dame tu paz y tu amor!


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

miércoles, 15 de abril de 2009

Reflexión: Lc 24,13-35

Lc 24,13-35

Son nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestras acciones, las que deben permitir conocernos, las que deben distinguirnos, más que nuestras palabras. Esto les pasó a los discípulos de Emaus. No pudieron reconocer a Jesús que caminaba con ellos, ni si quiera cuando venía explicándoles tan detalladamente las escrituras…Fue tan solo al partir el pan que finalmente lo vieron.

¿Cuál es la lección? Creo que es obvio que si queremos que nos reconozcan, que sepan quienes somos, qué somos, a quién seguimos, lo que decimos debemos acompañarlo de gestos y acciones reales. No basta hablar, aunque las palabras sean sabias y digan verdad. Lo importante es que estas palabras estén acompañadas por acciones coherentes, imitables, que lleven a la conclusión que no hay duda, que hacemos lo que predicamos. De otro modo, todo puede quedar en pura palabrería hueca, de aquella que viene el viento y se lleva.

Me parece importante que lo reconozcan, lo reconozcamos y nos reconozcan por estas dos cosas: bendecir el pan…es decir agradecer a Dios por todo lo que recibimos de palabra y de obra, porque acto seguido, lo compartió…se los dio. Eso es lo que espera el Señor de nosotros: que sepamos agradecer y compartir. Compartir siempre…por más poco que nos parezca tener. Nadie tiene tan poco que no tenga algo que compartir…y el que comparte, recibe de Dios con creces lo que dio.

Debemos ser generosos y solidarios. Generosos, dando no de lo que nos sobra, sino de aquello que incluso nos hace falta, poniendo primero a los demás. Poniendo a nuestro prójimo antes que nosotros. Lo que voy a comer, primero lo fracciono y luego lo reparto. No primero veo cuanto hay, saco mi parte y lo que sobra lo entrego. ¡No! Sin embargo eso es lo que hacemos siempre ¿o no?


Oremos:

Señor dame un corazón generoso como el de Jesús, que no piense primero en mi satisfacción, en saciarme para después repartir lo que me sobra…Que por el contrario, este siempre dispuesto a compartir lo que tengo, aun antes de hacer ningún cálculo. Si lo tengo, es de cuantos están conmigo y si no hay nadie, voy y los busco, los acompaño, estoy con ellos, los escucho…y sobre todo, comparto.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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martes, 14 de abril de 2009

Reflexión: Jn 20,11-18

Jn 20,11-18

Esta vez nos encontramos ante el encuentro de una desconcertada María Magdalena con Jesús Resucitado, narrado por Juan. Me llama la atención como a veces no queremos ver lo evidente. Nuestra incredulidad nos ciega. No me explico de qué otro modo María pregunta a los ángeles por Jesús y no se da cuenta que son ángeles, y que por lo tanto estaba en presencia de algo extraordinario. Incluso inicialmente tampoco es capaz de ver a Jesús. Es solo una vez que Jesús habla por segunda vez diciendo el nombre de María, que recién ella cae en cuenta que hablaba con el mismo Jesús.

Nos desconcertamos, no lo podemos creer. Eso nos pasa ante semejante honor. ¿Quién somos nosotros para que Jesús muera por nosotros? ¿Quién para que resucite y venga y nos llame por nuestro nombre? Y sin embargo Jesús a muerto y resucitado por nosotros, sellando definitivamente la alianza con nuestro Padre. Por eso dice: “vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”.

Las palabras del Señor tienen definitivamente otro acento. Estamos frente al Cristo Resucitado. Todo ha cambiado. Se ha inaugurado una nueva etapa. El Universo es otro. Hemos sido definitivamente, eternamente Reconciliados con nuestro Padre. Jesús ha sido el puente. Jesús nos ha rescatado. Jesús ha ganado para nosotros un espacio a su lado, como sus Hermanos. Nos ha convertido den Herederos del Reino.

¿Por qué? ¿Qué merecimiento hemos hecho? ¿Cuál de nuestras acciones o actitudes a valido tal distinción, tal sacrificio, tal premio? ¡Ninguna! ¡Esa es la más grande lección, que no alcanzamos a comprender, que nos resistimos a entender, a aceptar! Todo ha sido hecho por Amor. Así de simple. Él nos ha amado primero, antes que abriéramos la boca, antes que existiéramos…Él nos amó desde siempre, y quiere que nos reunamos con él. Eso es lo que Él quiere, eso es lo que Él nos propone..Y, tú ¿qué quieres?


Oremos:

Señor mío Jesucristo, gracias por tanto amor. Gracias por todo lo que me haz querido dar. Gracias por todo. Soy indigno de tanto, sin embargo, con tu ayuda puedo tratar de alcanzar algún merecimiento…puedo tratar de llevar una vida más justa, más comprometida con mis hermanos, para que ellos te conozcan y gocen de la misma alegría que tu ahora me das a conocer. Una palabra tuya bastará para salvarme.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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lunes, 13 de abril de 2009

Reflexión: Mt 28,8-15

Mt 28,8-15

Para disipar toda duda Jesús se presenta a las mujeres que habían ido a ver su tumba y no lo habían encontrado y les da un importante mensaje: “No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. El triunfo definitivo sobre la muerte había sido sellado…

Sin embargo, como ocurre en todo crimen, los que lo habían consentido y cometido estaban dispuestos a sostener lo que habían hecho, aun por sobre las evidencias. Testarudamente tratan de ocultar la verdad, de distorsionar los hechos, comprando voluntades y conciencias…y, así lamentablemente lo logran. No causan efecto para siempre, ni con todos, porque la verdad siempre termina por imponerse y triunfar. Pero es notable como la maldad siempre encuentra aliados, gente dispuesta a colaborar. Es claro, viven en la sombra, en la oscuridad, donde obtienen pingües ganancias y privilegios, que no están dispuestos a perder, así que, si es preciso están dispuestos a sobornar a quien sea, con tal de mantener su situación. Y lo peor es que con el tiempo ellos mismos se llegan a creer sus mentiras.

¿Cuántas veces con nuestros actos, con nuestro proceder, nos convertimos en cómplices de estos cínicos, mentirosos? ¿Cuántas veces nuestra actitud, nuestras obras comunican a nuestros hermanos que no hay esperanza, que la muerte, la mentira, el crimen, el temor y la persecución han triunfado sobre la verdad?

¿Somos portadores de la Buena Nueva? ¿Somos portadores de esperanza? ¿Llevamos alegría a los corazones de los que sufren? ¿O somos más bien de los tremendista, de los derrotistas, de los pesimistas que nunca encuentran salida a nada, que creen que todo está perdido, que no hay nada que hacer?


Oremos:

Señor, ayúdanos a cambiar, a luchar contra nuestro carácter siempre negativo y triste. Ayúdanos a ser portadores de la Buena Nueva de la Resurrección. Que nuestra presencia baste para dar ánimos a quienes se siente afligidos, derrotados, acabados. Que seamos portadores de paz, de tú paz y de una alegría verdadera, basada en el triunfo definitivo de la vida sobre la muerte, en el perdón de nuestros pecados y en la salvación eterna.



Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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domingo, 12 de abril de 2009

Reflexión: Mc 16,1-7

Mc 16,1-7

Tal como debía suceder, fueron a su tumba y no lo encontraron. Hasta ese momento todo era desolación entre los discípulos. Podemos imaginarlos sumamente deprimidos, preguntándose seguramente qué podrían haber hecho y tratando de olvidar todo aquello que Jesús les había dicho tantas veces sobre su resurrección. Jesús estaba muerto y no había nada que hacer. Habían muchos misterios en su vida…Las cosas que había hecho fueron realmente asombrosas…Pero ¿quién podía contra la muerte? Todo parecía un capítulo cerrado. Una experiencia extraordinaria, ciertamente, como la del Mar Rojo o el Maná del Cielo, que habría de recordarse por siglos, pero que allí había terminado.

Todavía seguían especulando, seguramente, sobre quién había retirado de su tumba el cuerpo de Jesús. Pero este joven con túnica blanca viene a inquietarlos con unas palabras que todavía les costaba entender. No podían creerlo…¿Quién era este joven? Y, qué es eso de “que Él irá antes que vosotras a Galilea; allí lo veréis, como Él os lo había dicho”.

El corazón debió saltárseles hasta la boca. Estaban en presencia de algo extraordinario. Algo que no había pasado antes, ni volvería a pasar jamás. Su intuición se lo venía diciendo…No podía ser otra cosa. ¿Será que Resucitó?

Este es el gran misterio que confirma nuestra fe. Jesús, Hijo del Padre, salió triunfante sobre la muerte, tal como tantas veces antes lo había dicho. No hablaba en sentido figurado; no había que hacer interpretaciones al respecto. Sólo había que creerle. Y creerle todo. Seguirlo hasta el fin. El Camino estaba trazado. Las puertas del Cielo se abrieron también para nosotros. Dios nos espera con los brazos abiertos. Él, que nos amó primero, nos ha perdonado. La vida y la muerte ahora tienen sentido.


Oremos:

Padre Santo, te bendecimos y adoramos, que por tu inmensa Gracia quisiste que tu Hijo bien amado fuera entregado, muerto y sepultado para el perdón de todos nuestros pecados, y que resucitara redimiéndonos de toda culpa y ganando para nosotros un lugar a tu lado.



Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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viernes, 10 de abril de 2009

Reflexión: Jn 18,1—19,42

Jn 18,1—19,42

Todo ocurre conforme estaba escrito, hasta el último suspiro. De nada se retracta y muere sólo y abandonado por todos. Luego de haberlo visto tantas veces antes escabulléndose, evadiendo a cuantos quería atraparle y ajusticiarlo, llegada la hora, está ahí, cargando con su cruz, hasta la muerte.

¿Qué fue de todos los que había curado? ¿Qué de todos cuanto le habían oído y creído? ¿Qué fue de las muchedumbres que le seguían? ¡Hasta Pedro, el discípulo al que tantas veces antes había distinguido Jesús, el que tantas veces había proclamado que lo seguiría a donde fuera, hasta él lo abandono…! ¡No sólo lo abandono, sino que incluso lo negó!

Entre sus discípulos, entre sus más allegado estuvo el que lo traicionó. ¿Qué ocurrió? ¿Cómo fue que todos cambiaron hasta el extremo de mostrar tal grado de desamor e indiferencia, cuando no odio? Razonablemente no lo puedo explicar. Tal vez todos se acobardaron como nos sucede tantas veces, cuando sentimos que llevamos las de perder. O quizás se cansaron de esperar una respuesta enérgica, fulminante de Jesús. Si había mostrado tanto poder sobre las enfermedades, sobre las fuerzas naturales, incluso sobre la muerte…¿por qué no vencía a sus enemigos o se libraba de ellos? ¿Bastaría con un chasquido de sus dedos para vencerlos y atraería a todo el mundo tras Él de nuevo y quizás con más fuerza, pues se habría impuesto finalmente como el Rey de los Judíos que todos esperaban, aquél que los libraría de la opresión Romana.

Pero no. Jesús desconcierta a todos. A Judas, que termina por entregarlo; a Pedro que lo niega tres veces; al pueblo que pide que lo crucifique; a Pilatos, que no encuentra culpa en él…

Es que Jesús es el Rey de un Reino que no es de este mundo y en el que sin embargo todos estamos invitados a participar.


Oremos:

Señor, no soy digno que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.



Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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jueves, 9 de abril de 2009

Reflexión: Jn 13,1-15

Jn 13,1-15

“…sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía…” Todo se había cumplido y llegaba el momento de culminar su Misión. Cuanto más se acerca la hora, uno que va siguiendo paso a paso lo que viene ocurriendo con Jesús, no puede dejar de preguntarse por qué. ¿No había otra salida? Cuando tratamos de ponernos en su lugar, no deja de martillarnos buscar el modo de evadir este final. El panorama que vemos por delante es angustiante y doloroso. No podemos evitar estos sentimientos, acompañados de ansiedad…¿Hasta dónde? ¿No podía ser de otro modo? Jesús sabe que no, aunque nosotros no lo comprendamos.

Nos amó hasta el extremo, sin medida, sin límite. Más allá, imposible. ¿Qué más se puede hacer que entregar la vida misma? ¡Y en qué forma! No acudió a cualquier método que le hubiera podido causar la muerte instantánea y sin dolor…Como si fuera poco, se sometió a toda clase de maltratos y humillaciones, insultos y vejaciones, sin juicio alguno, más allá que el reclamo de la turba, fue entregado para que se ensañaran con Él.

Todo esto tenía que pasar para que creamos que es verdaderamente el Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador. Todavía queda tiempo para un gesto más y mientras puede, no duda en realizarlo. Toda su vida había estado al servicio de los demás y es lo que reclama de nosotros, que le sigamos, que hagamos como Él, que sigamos el ejemplo. Siendo el primero, el más importante, no tiene ningún reparo en desarrollar el oficio más humilde, como es el de lavarles los pies a sus discípulos. Este gesto entraña un profundo simbolismo, que va más allá del hecho, de por sí, humillante. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a tener esta atención con nuestros sirvientes, con nuestros empleados? ¿No estamos siempre esperando que más bien nos sirvan, que nos atiendan, que se desvivan por tratarnos bien? ¿Normalmente no esperamos el comportamiento contrario? Eso es lo que reclama Pedro…¿Cómo Tú me vas a lavar los pies a mi?

Pero aun sin entenderlo, a Pedro le bastaron las palabras de Jesús. Si Tú lo dices, ha de ser así…Me someto. Pero no es el lavado en sí lo que es necesario, por eso el Señor le responde a Pedro, que está dispuesto a que lo laven todo. “El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos”. Lo importante aquí es el servicio, la disposición. El que manda, el que dirige, el que lidera, el que sabe, debe estar al servicio de los demás. No reclamemos privilegios, antes bien, estemos atentos a las necesidades de los demás, los más pobres, los más humildes.



Oremos:

Señor dame esa sencillez, esa humildad para servirte en cada momento de mi vida. Que no me ponga a esperar que me atienda mi mujer, mi hijo, mis amigos…sino que por el contrario esté atento a sus necesidades y procure servirlos con cariño, con amor, aun en lo más simple, en lo más insignificante y sencillo.



Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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miércoles, 8 de abril de 2009

Reflexión: Mt 26,14-25

Mt 26,14-25

El evangelio de Mateo nos pone nuevamente frente a la última cena y la traición de Judas. Pero me parece más importante notar que todo se cumplía conforme estaba escrito. Esta era la Voluntad del Padre y había que llegar al final, pues era la única forma de salvarnos. No había otra. Creo que es algo en lo que tenemos que meditar…No comprendemos el misterio del sacrificio de la cruz, sin embargo no es algo que ocurre en forma fortuita…Dios en su infinita sabiduría determinó que no había otra forma, otro camino a través del cual podríamos llegar finalmente a entender quien era Jesús, quien era el mismo –Dios Padre- y para que había venido. Toda su vida, incluyendo su sacrificio en la cruz tienen sentido, y con su resurrección están orientados a enseñarnos que es posible vivir en el amor, que existe un amor sin límites y que nosotros somos capaces de adherir libremente a él…que hay un Camino trazado para nuestra salvación, que hay una esperanza y que esta ha sido abierta por Cristo Jesús, el Hijo amado, el Hijo Único de Dios Padre.

La condenación viene para todos aquellos que libremente escogemos traicionarlo, venderlo por unas cuantas monedas. Como Judas, ¿cuántos de nosotros traicionamos nuestros principios, dejamos pasar las cosas, consentimos el pecado, solamente por mantener nuestra comodidad, nuestro bienestar egoísta? Cuatro reales son suficientes para que pongamos en juego la vida eterna y la perdamos.

Eso es lo que tenemos que entender. Dios Padre nos ha hecho libres y ha querido que sigamos siéndolo. Por medio de su Hijo Jesucristo, nos ha propuesto un Camino, el Camino de la Verdad, la Luz y la Vida…Pero somos libres de seguirlo. Nuestra condenación está precisamente en que conociendo -como Judas- el Camino, no siempre fácil, no siempre exento de dolor y sufrimiento, preferimos andar en la sombra, allí donde todo PARECE acomodarse a nuestro favor. Somos capaces de cualquier cosa con tal de no llegar al sacrificio por nadie, por más mínimo que este sea. Vivimos solo para nosotros y si en algún momento damos, es de lo que nos sobra o es porque nos conviene que así sea, porque satisfechos algunos de los que nos rodean, nos tratarán mejor, lograremos más…No sabemos lo que es dar, y mucho menos comprendemos lo que significa la donación total de nuestras personas, sin esperar nada a cambio…eso es el verdadero amor, eso es lo que Cristo nos enseña.

Este camino de amor es el que Dios pactó con la humanidad desde el antiguo testamento. Por eso hoy, todo tiene que cumplirse, exactamente como fue planeado, pues Jesús tendrá que llegar hasta el fin, para que nosotros comprendamos, solamente así podrá salvarnos. De allí que no importe quien era “fulano”. Quien fuera, consentiría en aceptar que Jesús llegara a celebrar la Pascua con sus discípulos. Así tenía que ser.


Oremos:

Señor permite que por el misterio de la cruz lleguemos a la comprensión del infinito amor que nos tuviste desde siempre, y que hagamos de nuestra vida una permanente donación a los demás. Que busquemos aliviar las penas de nuestros hermanos, antes que las nuestras. Alegrarles el día con una palabra, con un gesto y llegado el momento, con una obra. Que todo esto lo hagamos por ti, sin escatimar esfuerzo ni sacrificio alguno. Que comprendamos que solo tiene sentido una vida cuando se dedica completamente al amor. Y el amor no tiene límites…no tiene horario, ni mejor ocasión, ni mejor lugar, ni descanso…



Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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martes, 7 de abril de 2009

Reflexión: Jn 13,21-33.36-38

Jn 13,21-33.36-38

Hay cosas que tienen que pasar de todas maneras, nos guste o no. Frente a ellas, lo mejor es adoptar una posición ecuánime, serena. “Al mal paso, darle prisa”, como se dice. Aunque los discípulos no pueden comprender muy bien lo que ocurrirá, el Señor sabe qué es lo que sigue a estos momentos y sabe que no será nada grato, por el contrario, será humillante y doloroso. Traicionado por uno de los suyos, “el que tenía la bolsa”, el “tesorero” y negado por el que parecía su más sólido seguidor. Debilidad y miseria humanas. Pese a ellas y aún conociéndola o quizás debíamos decir, precisamente por ellas, el Señor sabe que tiene que seguir hasta el fondo, hasta el final, aun cuando tenga que ir solo, aun cuando sea abandonado por todos…Tendrá que llegar hasta la muerte…Pero no una muerte, rápida como muchos la deseamos, sino que habrá de pasar por maltratos, escupitajos, empujones, desprecio y humillación. Lo llevarán de aquí para allá, lo zarandearán y tendrá que llevar su propia cruz, la cruz en la que finalmente, luego de la tortura de la crucifixión, entregará su Vida al Padre.

Eso es lo que está viviendo Jesús en este momento, pero no se corre. Y tampoco hay visos de desprecio por sus discípulos, aun anticipando su cobardía. Es que sabe que todo esto tiene que pasar, para que se cumplan las escrituras, tal como lo venía anunciando en toda su predicación. El es nuestro Salvador, nuestro Redentor. Sabe así mismo, que luego contaremos con la fortaleza del Espíritu Santo, porque Dios es Uno y Trino. Porque luego de su tiempo, vendrá y habitará entre nosotros el Espíritu Santo. El nos dará la fuerza, la sabiduría y el valor para seguirle, por eso dice: “Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde”.



Oremos:

Señor aparta de nosotros todo mezquindad, haznos comprensivos y no permitas que juzguemos a nuestros hermanos, antes bien, que procuremos siempre el bien, a ejemplo tuyo.

Que estemos siempre dispuestos a compartir lo mejor que tenemos con los más necesitados y también con tus misioneros, que a veces, de dar tanto, no se han guardado nada para sí y requieren de un descanso, de un alivio, de una palabra amable, de un gesto de cariño, de comprensión y amor. Son humanos como nosotros…a veces lo olvidamos.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

lunes, 6 de abril de 2009

Reflexión: Jn 12,1-11

Jn 12,1-11

Lo que se narra en este pasaje, es difícil de entender para quien no ama. Quien ama de verdad, está dispuesto a dar todo lo que tiene por el ser amado y busca la mejor forma de alagarle. Eso es lo que hace María, mientras tiene a Cristo presente. ¿Qué podía estar más estropeado después de sus largas caminatas por toda Galilea que sus pies? ¿De qué otra forma podía expresar su inmensa gratitud a Dios Padre, por la bendición de tener a este precioso Hijo, aquí en nuestro mundo, caminando y metiéndose con nosotros por cuanto recoveco encontró? ¿No es una forma de expresar gratitud y amor? ¡Benditos estos pies que siendo divinos se han venido a posar en esta tierra que no los mereció! ¡Benditos estos pies que como el más pequeño de los hombres han venido a recorrer con él sus caminos, para enseñarles en Verdadero Camino! ¡Benditos pies de Jesús ante los que ha cualquiera nacería arrojarse y bendecirlos! ¡Gracias Señor!

Eso es lo que hace María, ungirlos con el más caro perfume que podía encontrar. Es la respuesta a ese amor que desborda, que se dice ¿Qué puedo hacer por ti? Y no encuentra nada mejor que arrojarse probablemente a lo aparentemente más insignificante, puesto al servicio del hombre…sus pies. Gracias a estos pudo ir y venir, de aquí para allá…¡Benditos tus pasos, benditos tus caminos, bendita tu huella!

Cuanto más podríamos decir de aquél gesto, sin embargo, Judas, mezquinamente, porque ya su cabeza estaba torcida, porque ya el demonio estaba con él y había torcido su conciencia, reprocha este gesto de María. No es solamente envidia, es resentimiento, es maldad, es hipocresía. Sin embargo usa un argumento aparentemente convincente, para manipular los sentimientos de quienes como él, han resuelto que Jesús es un estorbo, que Jesús debe ser eliminado, que no se ajusta a sus criterios, que no hace lo que quieren. Un Jesús Salvador, Redentor de la Humanidad entera y un Dios que concede esta Gracia por Amor, es intolerable para muchos. Es repugnante para quien quiere seguir viviendo y gozando de las “ventajas” de las tinieblas, de la sombra. Así salta rápida la crítica destructiva ante el gesto de María…


Oremos:

Señor aparta de nosotros todo mezquindad, haznos comprensivos y no permitas que juzguemos a nuestros hermanos, antes bien, que procuremos siempre el bien, a ejemplo tuyo.

Que estemos siempre dispuestos a compartir lo mejor que tenemos con los más necesitados y también con tus misioneros, que a veces, de dar tanto, no se han guardado nada para sí y requieren de un descanso, de un alivio, de una palabra amable, de un gesto de cariño, de comprensión y amor. Son humanos como nosotros…a veces lo olvidamos.


Roguemos al Señor…

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jueves, 2 de abril de 2009

Reflexión: Jn 8,51-59

Jn 8,51-59

“Yo soy”, es la más grande revelación hecha por Jesús, sin embargo los judíos y sacerdotes, así como muchas veces nosotros, no son capaces de ver. Jesús, en muchos de los evangelios de estos días está como tratando de atar cabos, haciéndonos notar la relación entre las escrituras proféticas y todo el Antiguo Testamento, con Él. Es de Él de quien se habla, es a Él a quien se esperaba, pero los judíos, a pesar de todo lo que habían visto, no estaban dispuestos a creerle. Así tendría que ser para que se cumpla hasta la última coma, pero como todavía no había llegado la hora, se escabulle.

“En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás”, es el centro de la prédica de hoy. Guardar su Palabra, hacer lo que el nos dice, seguir el Camino, ponernos en la luz, actuar con transparencia y con verdad. No andar con hipocresías, con engaños y con mentiras, que inescrupulosamente sacamos, como ases bajo la manga, sólo para lograr lo que queremos, lo que nos gusta, lo que nos acomoda, lo que nos conviene.

No encanta el poder y por él, hacemos cualquier cosa. Manipulamos los sentimientos, sembramos rencores, promovemos animadversiones y maledicencias, jugamos con la credulidad de los ingenuos, de los honestos, de los limpios y también, porque no, de los no tan limpios, que son capaces de maliciar como nosotros y encontrar maldad y razones torcidas en todo.

Somos afectos a los rumores, a las bolas y damos curso a todo, con tal de saborear las palabras que ofenden y maltratan a los demás. ¿Eso ha dicho? ¿Eso ha hecho? Prestamos oídos a todo y malgastamos nuestro tiempo en conversaciones vanas.

¡Aprendamos de Jesús! Él nos enseña a ser prudentes, recatados y no andar perdiendo el tiempo en tonterías. Todo nuestro tiempo, nuestra vida, alma y corazón debe estar dedicada a cumplir su Palabra, a hacer su Voluntad, a cumplir nuestra Misión. Desde que nos levantamos, hasta que nos acostamos. ¡Todo el tiempo! No hay lugar ni momento en nuestras vidas que no podamos y debamos bendecir al Señor. ¡Escojamos este Camino!


Oremos:

Señor te agradezco por la oportunidad que me das hoy de servirte nuevamente. Ayúdame a serte fiel a cada instante, todo el tiempo, con cada pensamiento, con cada gesto, con cada palabra. Que vivas Tú en mi. Que cumpla Tú Palabra y que ella brote de mi boca y en cada uno de mis actos.

¡Hazme santo! No soy digno, pero una palabra tuya bastará.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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miércoles, 1 de abril de 2009

Reflexión: Jn 8,31-42


El Señor es muy claro, como siempre, pero sólo para aquél que realmente lo quiere entender, para aquél que lo quiere ver. Otra vez tenemos que decir que “no hay peor ciego que aquél que no quiere ver”. ¿Y por qué nos cerramos y preferimos vivir en la oscuridad, o en las sombras, antes que en la luz? Porque sabemos que lo que hacemos no es tan bueno, porque hay segundas razones que motivan nuestros actos…Más allá del amor que podemos aparentar, hay razones mezquinas, egoístas. Engañamos y utilizamos a nuestros hermanos a sabiendas…Somos hipócritas. Así, no nos puede interesar para nada la prédica de alguien que nos exige ser transparentes, caminar en la luz, desnudos y expuestos.

Hay una barrera, una serie de obstáculos tras los cuales hemos puesto nuestra trinchera para protegernos de la luz: son nuestros prejuicios. Tenemos temor a la verdad y así, como dice el Señor, nos hacemos esclavos del pecado. Empezamos a ocultar ciertas cosas, en vez de corregirlas y superarlas. Luego unas tapan a otras y finalmente se convierten en un monstruos que ocultamos por vergüenza, por temor, y pretendemos que ello es correcto, que no existe, y que podemos mostrarnos limpios, mientras por dentro somos un verdadero asco y lo sabemos.

Dios Padre, que tienen el poder de vernos por dentro como realmente somos, también lo sabe. Y lo sabe mejor que nosotros. Por ello envió a su Hijo ha salvarnos, a hacernos libres. Él nos enseña el camino, como en este pasaje del evangelio, pero está en nosotros el seguirlo. Lamentablemente, muchos preferimos no verle y lo condenamos nuevamente, como hicieron los judíos, a morir en la cruz de la indiferencia y del olvido, o lo que es peor, en la cruz de la blasfemia, del odio, de la idolatría y del rencor.


Oremos:

Padre Santo y Bueno, que enviaste a Tú único Hijo a salvarnos, permite que entendamos esta verdad, pero por sobre todo, danos el valor, la decisión y la lucidez para escoger siempre lo bueno, lo mejor, lo correcto, la verdad, aun cuando ella afecte nuestros egoístas intereses. Que obremos siempre inspirados en el verdadero amor. Que seamos capaces de seguir a Jesús por donde vaya, siempre. Amén.


Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexiones de HOY